lunes, enero 15, 2018

BENDITOS

Aun a pleno sol, nadie se quita las prendas de abrigo. Es lo que los boletines meteorológicos han venido llamando en estos días, no sin notoria impostación, "frío polar"; al que aquí, con motivo de la fiesta del patrón del barrio -que se celebra a iniciativa de los vecinos y sin la menor implicación del elemento oficial-, han hecho frente con una velada al aire libre, más o menos aliviada por un inefectivo sol de invierno y fortalecida por los poderosos condumios preparados al efecto: una enorme olla de callos con garbanzos y otra no menor de asaduras estofadas, a las que el mesón del barrio ha añadido un jamón más bien blanquecino, pero cortado con mucha ceremonia por un profesional con los debidos galones.

Tampoco ha faltado el cura, a quien no debe de haber disgustado el aire de heterodoxia que se respira en la fiesta. Ha sido párroco en varios lugares de Hispanoamérica, siempre entre gente menesterosa, y sabe que un cura no está para estorbar ni para enredar a la feligresía con sutilezas teológicas. Estamos aquí, le oí decir en una misa de difuntos, para aliviar el mucho dolor que hay a nuestro alrededor, no para someternos cada día a una especie de auto de fe respecto a nuestras creencias o nuestro grado de cumplimiento de la doctrina. Y si algunos de sus feligreses le han pedido que se acerque al barrio y bendiga a las bestias -el santo festejado no es otro que San Antón, patrón de los animales-, él no tiene inconveniente en hacerlo con toda la naturalidad y desparpajo que permite la ocasión. "¿Dónde he dejado la bufanda?", dice, refiriéndose a la estola. Con ella sobre los hombros lee el texto del Génesis que cuenta la creación de los animales, y luego la bendición propiamente dicha, tras la cual toma el hisopo y procede a asperger a las bestias presentes: una ternera, una cabra recién parida con sus correspondientes chotos prendidos de la ubre, una amplia muestra aviar, unos conejos arrecidos y una decena de perros. No falta alguna broma irreverente: "Ya puestos, nos podría haber bendecido a nosotros también -dice una bestia parlante-. Al fin y al cabo, todos somos animales". 

Salvo por un detalle, quizá: la abrumadora conciencia que sólo el hombre tiene del paso del tiempo. Me lo recuerda una antigua compañera de facultad, con quien he recordado otros lejanos jolgorios de cuando estudiantes, hace treinta años. "¿Te acuerdas de J, que siempre tocaba la misma canción a la guitarra, que todos coreábamos: Take me home, country roads, to the place I belong....? Sí que hemos cambiado desde entonces". Lo dice sin coquetería, creo, por más que su comentario me fuerza a replicarle que ella sigue igual, lo que no es del todo incierto: a sus veintipocos años era una muchacha delgada y angulosa, un tanto seca, y el tiempo, que ha marchitado otras lozanías mucho más patentes, la ha conservado a ella más o menos como era entonces. Como adivinando por dónde van los tiros, me espeta: "Tú también sigues igual".

Y así va pasando la tarde, hasta que el sol declina y la plaza queda a merced del aire gélido. La ternera ha sido la primera en emitir un largo, estremecido mugido de queja. Tiene frío. Quiere que la lleven a casa. (15/1/17)

viernes, enero 12, 2018

ILUSIONISMO

Acaso todo el debate en torno a la informática y a las posibilidades de la tecnología se reduzca a una única cuestión: si somos partidarios o no del ilusionismo. Quien esto escribe, desde luego, se considera a sí mismo un áspero realista, que encuentra más placer en una descripción pormenorizada de algo que se pueda ver y tocar -y, por tanto, que de alguna manera refleje también la sensibilidad y la visión del mundo de quien sostiene esa mirada- que en la fantasía desbocada; lo que no quiere decir que haya desechado del todo la posibilidad de que el solo acto de percibir la realidad con los sentidos despiertos termine deparando la visión de aspectos de la misma que suelen escapar a la mirada adormecida por la rutina, la desgana, la falta de agudeza sensitiva o la mera cerrazón. 

Por eso me fascinó, esta mañana, la simpleza de cierto dispositivo -prácticamente, una manualidad infantil- cuyo funcionamiento me describió un alumno. Yo les había emplazado a explicar en inglés cómo hacer algo, en respuesta a la pregunta How to...? ("¿Cómo..."): se trataba de que demostraran ser capaces de dar una serie precisa de instrucciones que otras personas pudieran seguir: una receta de cocina, las reglas de un juego, cómo construir algo, tocar un instrumento musical, etcétera. Y este chico -un muchacho alemán, que parece sobrellevar con notable entereza la circunstancia de llevar varios meses lejos de su familia y adaptarse al idioma y costumbres de un país extranjero- me sorprendió con la explicación de cómo construir un visor de hologramas adaptado al teléfono móvil. Y sin utilizar dispositivos electrónicos ni nada similar: bastaba con construir una especie de recipiente cuadrado con cuatro caras trapezoidales recortadas en plástico transparente -por ejemplo, de la caja de un CD- y colocarlo sobre la pantalla del móvil cuando en ésta se muestran ciertas imágenes caleidoscópicas que se encuentran en internet. Al proyectarse las distintas facetas sobre las cuatro caras del vaso cristalino, deparan la ilusión de que una figura tridimensional flota en el centro del mismo: un planeta que gira, un pez que se retuerce sinuosamente, una medusa que flota en las aguas... Bajamos las persianas para asistir al modesto milagro, que causa en todos -incluido el único adulto- una rara emoción. No sé qué conclusión sacar de todo esto. Quizá que nunca hubiera pensado que de un aparato tan molesto como suelen ser los teléfonos móviles pudiera surgir la sugestión poética de la magia. Y aquí lo dejo. (12/1/17)

jueves, enero 11, 2018

LO QUE DEBE QUEDAR


Tarde gastada en una vana reclamación comercial, que me hace llamar a tres empresas y hablar con algún que otro robot de acento neutro, que me aconseja esperar o me ordena marcar tal o cual número en función de la gestión deseada. Impresión, al cabo, de que la cuantía de lo reclamado no vale lo que el tiempo perdido, que mejor podría haber empleado en disfrutar de la tarde azul y oro -tan juanramoniana, en fin- o en leer alguno de los libros que tengo sobre el escritorio. Al final, doy con una voz amable que me aclara la situación: quiero decir, que me alivia de esa especie de prurito de dignidad herida que nos mueve a veces a buscar reparaciones de pequeños agravios de la vida diaria que, si se dejan estar, tampoco suponen nada. Quizá buscaba uno solamente oír esa voz.


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La mañana también fue pródiga en minucias entre perturbadoras y pintorescas. Anoto sólo una. A S., que dejó su abrigo colgado en el perchero del café donde habitualmente hacemos el desayuno de media mañana, se lo han cambiado por otro: quiero decir, que se han llevado el suyo y le han dejado uno bastante parecido, salvo por el pequeño detalle de que el primero tenía una cartera en el bolsillo -y S. no ha querido aclararnos cuánto dinero había en ella- y el otro en el mismo sitio guardaba... una estampita del Sagrado Corazón. 


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A la salida, esta compañera tímida y normalmente poco habladora me hace reparar en lo verdaderamente importante: las brumas con que empezó la jornada se han despejado y el sol de invierno ha revestido las cosas de una nitidez diamantina, luminosa y gélida. Es lo que debe quedar de este día. 

miércoles, enero 10, 2018

ESTORNINOS


Bandadas de estorninos sobre la ciudad a primera hora del día. Las veo desde el punto más alto del puente nuevo: manchas bulbosas, difusas, dotadas de una especie de dinamismo vertiginoso que las hace cambiar de forma constantemente y reorganizarse sin perder nunca la apariencia compacta, la sugestión de que todos sus componentes pugnan por estirar o romper una bolsa elástica cuyo tejido nunca cede. Y enormes: algunas de ellas cubren el equivalente a varias manzanas de edificios. Deben de contener millones de individuos, todos y cada uno de ellos misteriosamente conectados a la voluntad que rige el conjunto. Y tienen algo de amenazador, no tanto por las dimensiones de la nube, como por la evidencia de esa voluntad única, todopoderosa, similar a la que gobierna una plaga de langostas o un ejército de hormigas. Y de fantasmal, también: vuelan a tal altura que desde el suelo apenas son discernibles. 

Es posible que ésa sea su táctica de supervivencia: confundirse durante el día con la incandescencia de las brumas altas, hasta que la noche les permita acogerse a la espesura de los árboles de las plazas y dejar en ellas, como testimonio de su presencia, una indeleble capa de excrementos. Algún alcalde hubo que proyectó instalar mecanismos para espantarlos, lo que causó la indignada protesta, en forma de carta al periódico local, de algún notorio ecologista, también contrario a la tauromaquia y a la venta de abrigos de pieles; cuestiones mundanas que a los todopoderosos estorninos, confiados a la fuerza de su número y de la insobornable voluntad que los gobierna, les traen absolutamente al pairo. (10/1/2017)

martes, enero 09, 2018

ESA PLAZA

"Mucha poesía, pero sin renunciar al pincho de tortilla", me dice este conocido que me ha sorprendido en pleno desayuno con una antología de Pessoa en la mano y en la otra el tenedor con el que he empezado a atacar el citado condumio. Pero qué duda cabe de que, para leer al energético Álvaro de Campos, hay que venir por lo menos bien alimentado.

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La soledad: esa plaza bien soleada a la que otros se asoman y la creen vacía, cuando lo cierto es que es la propia plaza la que se llena a sí misma.

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La única soledad verdaderamente intolerable es la de quien busca una ocasión de hablar consigo mismo y encuentra que su interlocutor está siempre ocupado.

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La muerte: la intuición de un mundo que sucede sin nosotros y que por tanto, en rigor, también ha dejado de existir como objeto de tu pensamiento o tus sentidos. De un mundo que muere cuando tú mueres. 

lunes, enero 08, 2018

ERRORES DE CÁLCULO

Me alegra que esta simpática conocida haya ganado un importante certamen literario: para ella es un paso más en lo que concibe como una verdadera escalada que la ha llevado desde las posiciones más humildes -la poesía publicada en editoriales huidizas, la literatura infantil y juvenil más o menos por encargo, el activismo en la red, el periodismo a rebufo- a lo que seguramente considera un escalón bien alto, pero no el último. Treinta años de carrera que abocan a esto. Y merecidamente, porque lo hace bien y, además, es una trabajadora incansable. Ahora le toca navegar en otras aguas en las que quizá esas virtudes no le sirvan de mucho. Pienso en Ángel Vázquez, ganador del Planeta; o en Vicente Soto o Vidal Cadelláns, ganadores del Nadal: esos logros no les libraron de la pérdida de fe en sí mismos, de la conciencia de fracaso, de la condena a la literatura subalterna y sin reconocimiento. Algo me dice que ella sabrá esquivar esas trampas del ego insatisfecho y de la ingratitud del medio. Que así sea. 

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Esa edad en la que una persona se inquieta doblemente por los bandazos que dan los hijos en los comienzos de la vida adulta y por el acabamiento progresivo de sus padres. Ser puntal de dos generaciones. Y sentir que, en el fondo, ese contradictorio privilegio se basa en un error de cálculo respecto a la presunta posición de ventaja del sujeto en cuestión en ambos casos. (8/1/2017)

domingo, enero 07, 2018

LA VIEJA HISTORIA


Nos cuenta L. en la barra del bar la historia de cierta aficionada al cante flamenco en la que los entendidos locales habían puesto sus esperanzas. Tenía buena voz y lo que le faltaba, pensaban sus valedores, podía obtenerse a fuerza de preparación y buenos consejos. 

No sirvió de nada: la susodicha no superó nunca los vicios adquiridos en su aprendizaje autodidacta y fracasó en todos los concursos en los que intentó hacerse valer, hasta que se dio por vencida: la vieja historia del talento desperdiciado o mal encauzado, o de las expectativas infundadas respecto a uno mismo. Y suele acabar en tragedia, como muy bien diagnosticó Somerset Maugham en un relato del que no he parado de acordarme mientras oía a L.: "The Alien Corn", sobre un joven aristócrata que renuncia al brillante futuro que le tiene reservado su familia y consagra sus esfuerzos a convertirse en pianista; sin conseguir, al cabo de muchos años de preparación, otra cosa que una aparente corrección que transparenta, a los oídos de los más entendidos -incluidos sus propios parientes, al fin y al cabo dotados todos ellos de un exquisito gusto en cuestiones musicales-, su falta de genio. ¿Qué aspirante a artista -incluyendo muchos que obtienen momentáneo reconocimiento- puede estar seguro de que no sea ése su caso? Y quizá la única manera de curarse en salud al respecto sea no dar pábulo nunca a ese tremendo error de cálculo que convierte al mero aficionado -al fin y al cabo, alguien que disfruta con lo que hace, sin pedir reconocimiento a cambio- en aspirante a genio -alguien que se siente dominado por un impulso fatal, al que consagra todas sus fuerzas y del que no cabe desengañarse sin que ello suponga cargar con una enorme, y puede que insoportable, conciencia de fracaso. (7/1/2017)

jueves, enero 04, 2018

UN PESO A LA ESPALDA

Me he echado a las espaldas la mochila de C. El peso casi me tumba. Y me divierte pensar que podría haberse ahorrado unos gramos, quizá un kilo, si no hubiera echado al equipaje una antología de William Blake que ha cogido de mis libros y los tres tomitos de la Historia social de la literatura y el arte de Arnold Hauser, que le he procurado porque me parece que le pueden ayudar en sus trabajos universitarios. 

Con esa impedimenta hemos acudido al lugar donde se ha citado con el conductor con quien ha concertado compartir el viaje: cosas de la moderna sociabilidad en precario, confiada y barata, regida por internet. Y lo curioso es que el coche no ha llegado, ni el tipo que debía conducirlo ha condescendido a ponerse al teléfono y dar las explicaciones pertinentes. Con lo que volvemos a casa con la mochila a mis espaldas otra vez y C. echando chispas. Buscará un coche para mañana. Yo no digo nada. Me veo a mí mismo hace treinta años con una pesada bolsa Puma a cuestas, en un compartimento del expreso nocturno que iba entonces a donde hoy va C. Quienes no sabíamos conciliar el sueño en esas condiciones nos pasábamos la noche en los pasillos, entre los macutos de los soldados que iban o volvían de permiso, pegando la hebra con ellos. No sabría decir si esas circunstancias eran mejores o peores que las de hoy. Las que sí eran las mismas, no me cabe la menor duda, eran la indefensión, la bendita ignorancia de los peligros, la suficiencia con la que cerraba uno los oídos a las prevenciones de los mayores. Todo eso pesaba más que mi bolsa Puma o la susodicha mochila que me ha dejado la espalda tundida para varios días. No sé si echo de menos ese peso. (4/1/2017)

miércoles, enero 03, 2018

URGENCIAS

Estaba esperando fuera. Pero, como tenía ganas de orinar, he entrado en el vestíbulo del hotel. Me digo que tengo la excusa perfecta, si alguien me preguntara: estoy esperando a mi hija, que está haciendo uso del spa (no hay por qué decir que es gracias a un bono gratuito que me dieron en la comida de navidad del trabajo, celebrada precisamente en este hotel). Previamente, había intentado usar el retrete del quiosco de bebidas del parque cercano, pero tropecé con un cartel que dice que el servicio es sólo para clientes, y que hay que pedir la llave... Tampoco hay WC público en el parque, y como uno es tímido y no tiene ánimo para orinar contra una tapia, me he decidido a probar en el hotel. 

Es un vestíbulo inmenso, lleno de sofás que parecen muy mullidos y en los que no hay nadie sentado. En el mostrador de recepción, a mi derecha, dos muchachos imponentemente enchaquetados -a su lado, debo de parecer un vagabundo, con mi chaquetón de cuero gastado, mis tejanos rozados y mi barba sin recortar- ni se dignan a levantar la cabeza para ver quién ha entrado por la lenta puerta giratoria. Tampoco la limpiadora con la que me he cruzado a la entrada del baño se ha dignado a mirarme, quizá porque ella también está acostumbrada a resultar invisible para los clientes. Y he orinado copiosamente en una bonita semiesfera de loza sanitaria, y lavado mis manos con abundante jabón bajo un chorro de temperatura regulable. Luego he sacado un libro del bolsillo y me he sentado a leer en uno de lo susodichos sofás. Como un señor. ¿Quién dice que la vida es injusta? Aunque quizá tendría que haberme recortado un poco los pelos que sobresalen de la barba, para no confundir. (3/1/2017)

martes, enero 02, 2018

MÁS HONDO


Al filo del mediodía hemos ido a pasear por el camino entre pinos que llaman de La Chacona, en busca de la cañada que lleva a Medina Sidonia. Hace una mañana magnífica y sólo el viento de levante pone su nota destemplada, que nos recuerda que estamos en enero y no en esa falsa primavera anticipada que ha hecho florecer las matas de romero al borde de la vereda. Apenas quedan en ella algunos charcos de las últimas lluvias, en los que el perro de C. ha hozado gozosamente y metido las patas. Es su modo de celebrar la sobrevenida libertad y la confianza recuperada, después de que los estallidos reiterados de petardos y cohetes con los que los desaprensivos del barrio han celebrado las fiestas lo hayan tenido acoquinado y mohíno durante los últimos días. 

No es que aquí estemos del todo libres de esos ruidos insanos: el estampido de un disparo de escopeta a lo lejos ha devuelto por unos instantes al perro su estampa de animal contrito, traducida en un peculiar modo de agachar la cabeza, encoger las orejas y plegar el rabo en forma de U mientras deshace la distancia que lo separa de nosotros. Tampoco los perros asilvestrados de las fincas colindantes han querido mostrarse comprensivos con el intruso: cuando se acercaba a saludar a dos que estaban atados a un poste, le han ladrado salvajemente, y se habrían lanzado sobre él si la cadena no lo hubiera impedido. Sólo un perrillo de aguas, también muy ladrador pero en absoluto convincente en sus pretensiones de fiereza, se ha dignado a acercarse al nuestro y a enzarzarlo en lo que parecía que iba a ser una pelea y ha quedado en un efusivo saludo entre iguales, del que el visitante, todavía escamado, ha preferido zafarse cuanto antes. Lo mismo nos ha pasado a nosotros respecto a dos hombres que se han asomado a ver qué sucedía: los hemos saludado con cierto resquemor -¿serán ellos los de los disparos?- y ellos nos han devuelto el saludo con idéntica desconfianza. 

De vuelta, me hago el propósito de dejarme llevar algún día por estas veredas y seguir adelante hasta que el cuerpo aguante. Las guías dicen que estas viejas cañadas llegan hasta Bornos o Algeciras. No deseo ir más lejos: si acaso, más hondo. (2/2/2017)  

lunes, enero 01, 2018

ACASO LO MEJOR


Acaso lo bueno de que la gente jacarandosa festeje algo durante toda la noche es que dejan la mañana del día siguiente para el solo disfrute de los silenciosos. Es lo que da a la mañana de Año Nuevo su cualidad específica: su condición de espacio retraído, reservado sólo para quienes anoche nos fuimos a dormir más o menos pronto, mientras otros apuraban su ración de sociabilidad ruidosa, de músicas bailables entre empujones y codazos, de licorazos indigestos. No se me entienda mal: no es que uno adopte en esas ocasiones la actitud desdeñosa de quien encoge la nariz ante el jolgorio ajeno. Las cosas suceden simplemente así: a uno se le acaba la cuerda pronto y se va a la cama no sin cierta melancolía y sin alguna secreta envidia de los que se quedan levantados, aunque también con la conciencia clara de que esa limitación tiene sus compensaciones.

Recién desayunado, he bajado al paseo y me he sentado en un banco con un libro en la mano. De vez en cuando, el leve desgarro en el aire causado por un ciclista, el graznido de una gaviota o el bisbiseo de un par de viejos que pasan junto a mí me hacen levantar la cabeza. Ha bajado a cuerpo, sin abrigo, fiado a la benevolencia del sol de invierno, y aun así, al rato de estar sentado bajo la solana, he tenido que mudarme a un banco a la sombra, donde tampoco he terminado de hallarme a gusto. Y así, del sol a la sombra y de la sombra al sol, he estado hasta la hora de volver a casa y recoger a C. y M.A. para encaminarme a la enésima comida familiar, la última de estas fiestas. 

Lo peor de que un rito de paso se repita año tras año con esta exactitud es la ocasión que ofrece para que se destaque de un modo muy acusado lo que en el intervalo ha cambiado en nosotros y en nuestro entorno; es decir, lo que hemos perdido, o el recuerdo de quienes no están. A partir de cierta edad, casi resulta imposible no llevar en el ánimo esa conciencia de pérdida. Pero acaso la lección más amarga del año recién terminado haya sido la constatación de que tampoco los jóvenes, por serlo, están libres de ella: antes al contrario, para ellos esa conciencia puede resultar infinitamente más dolorosa, precisamente por resultar una incomprensible anomalía y no todavía una aceptada ley de vida.

Espero con impaciencia el principio de normalidad que suponen los días que quedan de vacaciones, ya exentos de compromisos y celebraciones familiares. Lecturas, paseos, alguna que otra visita a este cuaderno. Todo, quizá, ligeramente intensificado por una cierta sensación de irrealidad, que es la esfera a la que propendemos cuando los días tienen esta andadura desusada. O tal vez lo irreal sea lo otro, lo que traen consigo esos otros días, quién sabe. (1/1/2017)

(Nota del 1 de enero de 2018. Reanudo aquí este diario; o, mejor dicho, después de una pausa de aproximadamente nueve meses, de marzo a diciembre de 2016, muestro ahora lo escrito a partir de enero de 2017: quiero decir que lo que irá apareciendo en este diario a partir de hoy se escribió hace justo un año y que ése será el intervalo de demora que a partir de ahora regirá para cuanto se anote en este cuaderno. El objetivo es que lo que traiga a él se rija por una lógica distinta a la de la inmediatez. Un diario es, debe ser, algo distinto a ese aspecto público de nosotros mismos que exhibimos en las redes sociales. 

De todos modos, considero todo lo escrito en este cuaderno a lo largo de 2017 una mera tentativa: la idea de un “diario abierto” emancipado de los imperativos de la inmediatez y centrado en una idea de la intimidad que soporte bien la exposición pública y, a la vez, se beneficie del recato que le proporciona referirse a hechos o estados de ánimo de hace un año requiere todavía, después de un año de práctica, alguna maduración adicional. Ya se verá si los resultados van justificando el esfuerzo; quiero decir, si la redefinición de las condiciones en las que escribo este diario lo acercan más al ideal de utilidad que debe regir para todo diario: su conversión en un instrumento útil de reflexión para quien lo escribe. 

Para que yo me decidiera a escribir el mío fue necesario que apareciera un formato –el del blog– que supusiera la presencia de un público –siempre muy reducido, por supuesto– y se rigiera por una cierta idea de compromiso de rendir cuentas ante ese auditorio más o menos imaginario. Esa condición sigue vigente. Ya veremos si el imperativo de demora que añado ahora aporta realmente algo a la tonalidad media de lo que se escribe aquí. En eso estamos.)

lunes, diciembre 25, 2017

UNA SORPRESA


Emitieron en el segundo canal de TVE, como era previsible en estas fechas, Qué bello es vivir. Pero lo sorprendente fue que se trataba de una versión restaurada que incorpora un par de escenas que no suelen incluirse en las copias más difundidas y que arrojan una inesperada luz sobre aspectos de la historia que sin ellas quedan un tanto ensombrecidos. 

La primera se ubica justo después de la fiesta en la que los Bailey celebran la llegada del hermano menor recién casado, y en la que George no puede ocultar su contrariedad al constatar que la boda del hermano y el hecho de que éste haya aceptado un empleo en la empresa de su suegro lo condena a él de por vida a ocuparse de la vieja empresa familiar de empréstitos. Mientras el contrariado protagonista fuma un cigarrillo en el jardín, al margen del jolgorio familiar y después de haber mandado a casa a tío Billy, que lleva encima una respetable cogorza, la madre, que ha adivinado el estado de ánimo de su hijo, sale a consolarlo y le sugiere que vaya a ver a su antigua novia, Mary, que ha vuelto a la ciudad tras terminar sus estudios. George no parece muy entusiasmado por la idea: de hecho, su reacción a la sugerencia de su madre es... tomar el camino contrario, que lo conduce al centro de la ciudad y a encontrarse con Violet, una chica que coqueteaba con él desde la infancia y que ahora se ha convertido en una atractiva mujer que quizá esté dando algunos malos pasos en la vida. De hecho, en esta ocasión la encontramos dado alas a dos juerguistas que se las prometen muy felices ante lo que les parece una conquista fácil, y a los que despacha -"pero no os vayáis muy lejos", les dice- en cuanto reconoce al viejo amigo que le sale al encuentro. George, que quizá ha bebido tanto como su viejo tío, le propone ir a nadar y a pasear "descalzos sobre la hierba"; pero la propuesta, hecha a voces destempladas en medio de un corro de divertidos curiosos, es rechazada por la chica entre las risas de los concurrentes. Chafado, George se resigna a encaminar sus pasos hacia la casa de la antigua novia, donde tiene lugar la renuente declaración que sella su destino.

La escena es importante porque confirma la sospecha de que entre la "descarriada" Violet y George ha existido siempre una palpable atracción mutua nunca reconocida y no sabemos si abocada a algún fin, pero que da sentido a un par de detalles posteriores: por ejemplo, el que más adelante George reciba a la chica en su despacho y le preste dinero para que pueda abandonar Bedford Falls, donde es objeto de escándalo, y reiniciar su vida en otra ciudad, lo que Violet le agradece con un beso que deja una comprometedora huella de carmín en las mejillas de su benefactor y dará pábulo al infundio que más adelante correrá sobre el presunto mal uso que George hace de los fondos de su empresa. En una escena ulterior, en el transcurso de la visión o pesadilla por la que el "ángel" Clarence muestra a George cómo habría sido la vida en Bedford Falls si él no hubiera nacido e intervenido decisivamente en las vidas de sus vecinos, veremos a Violet convertida ya en una prostituta ínfima a la que ni siquiera dejan entrar en los cabarets. De nuevo, George sale caballerosamente en su defensa, lo que lo pondrá en el punto de mira de la policía. Toda una historia de mutua atracción contada en tres episodios, de las que otras versiones de la película nos habían hurtado el primero y más elocuente.

La otra escena inédita no es menos reveladora. Meses después de haber conseguido salvar su compañía del pánico financiero que ha permitido a Potter, el malvado capitalista de Bedford Falls, hacerse con las empresas de todos sus competidores, vemos a George conduciendo a uno de sus clientes, un humilde taxista, a su nueva casa en una flamante urbanización construida gracias al empeño de la financiera Bailey. Es la única ocasión en la película en la que podemos ver el resultado concreto de la actividad de esa benefactora empresa. Y es también una magnífica ocasión para que Capra muestre la condición social de los trabajadores favorecidos por la política de crédito de la misma: en este caso, una humildísima familia cuyas posesiones -incluida una cabra- caben en el maletero del viejo coche de George... Meses antes, Potter había aducido el caso de este taxista como ejemplo de la clase de cliente insolvente a quienes la compañía de George solía conceder créditos. Y cuando vemos, un poco más tarde, lo que habría sido de éste y de otros trabajadores pobres de Bedford Falls si George no hubiera estado allí para ayudarles, sabremos que, sin ese oportuno apoyo financiero, el taxista en cuestión habría vivido toda su vida como inquilino de Potter en una vivienda miserable y que su mujer, incapaz de soportar esa vida, lo habría abandonado.

Éstas eran las dos sorpresas que nos tenía guardadas esta reposición de Qué bello es vivir. Ha sido como ver otra película. Lo que, dicho de una que he visto casi sin excepción todos los años desde que tengo uso de razón, es mucho decir.

lunes, diciembre 18, 2017

DODECÁLOGO DEL FRÍO


Imposible sentarse al sol de invierno sin sentir que incluso los elementos, dado el caso, se apiadan de nuestra fragilidad.

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Pero también hay días despejados que no hacen otra cosa que aumentar nuestra sensación de estar expuestos, sin ni siquiera la somera protección que brindarían unas nubes, a toda la desolación de los espacios interestelares.

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Por lo mismo, el mosto sólo madura en los meses de frío, para convertirse de inmediato, junto con unas sopas de ajo y unas chacinas, en otro consuelo más contra las condiciones que lo han hecho posible.

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Por lo dicho, la única poesía que no se engaña respecto a la naturaleza humana es la anacreóntica.

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Viejos que, entre copa y copa, presumen de conservar intacta su potencia sexual: y me acuerdo de cuando, al filo de los cuarenta, presumía todavía de no acusar los síntomas de la presbicia que se me declaró apenas unos meses después.

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Los pies fríos te avisan del engaño que supone tener cerca un foco de calor donde calentar sólo las manos.

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Ese momento de la noche en el que el cuerpo rehúye su propio calor y busca el fresco de la parte intocada del embozo o la almohada...

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Sólo los gatos no se engañan respecto a las verdaderas intenciones del frío. Bueno, y también los viejos.

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También el frío enseña economía, desde el momento en el que das por buena la manta vieja que pensabas tirar.

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En los primeros instantes de una chimenea encendida el fuego sólo piensa en calentarse a sí mismo.

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El calor es romo, el frío afilado.

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Mejor no decir en qué realidades nos hace pensar una rodilla fría. 

jueves, octubre 12, 2017

PARA UNA GALERÍA DE ACTRICES: JOSITA HERNÁN



A un actor, a una actriz, tiene uno la impresión de empezar a conocerlos bien cuando los ha visto en varios papeles sucesivos y adquiere esa familiaridad con sus gestos, con el timbre de su voz y su presencia que depara el trato. De Josita Hernán (1914-1999), por ejemplo, tenía yo la referencia, e incluso la certeza de haberla visto en alguna que otra película, pero no he podido decir que la conociera hasta haberla visto en un breve espacio de tiempo en tres de sus mejores películas: La chica del gato (1943), Mi enemigo y yo (1944) y Ángela es así (1945, las tres dirigidas por el muy interesante y hoy olvidado director Ramón Quadreny. 

No era una mujer especialmente bella, aunque tampoco fea; sí graciosa y expresiva, que era algo de lo que parecía especialmente necesitado el cine español de su tiempo, quizá porque la coyuntura nacional-católica prefería ese tipo femenino antes que el de las vampiresas, o quizá simplemente porque el asendereado público de la época demandaba simpatía y escapismo antes que intensidades de otro tipo. Quadreny exploró su lado más indefenso en la conmovedora La chica del gato, ambientada en el Madrid popular y un tanto desagarrado de Arniches; y luego entendió que esa especie de prístina inocencia que traslucía su rostro podía ser una buena máscara para la picardía y el enredo en comedias de salón que formalmente evocaban la atmósfera de las películas americanas de Sturges o McCarey, pero que al español de entonces no podían dejar de recordarle los ambientes en los que se movía la dudosa alta burguesía de entonces, en la que no faltaban los especuladores y los estraperlistas: es el ambiente en el que se desenvuelve la más atrevida de sus comedias, Ángela es así, en la que, tras una trama aparentemente sentimentaloide, en la que una chica sencilla pone una nota de alegría en el corazón encallecido de su tío segundo, entregado a la mala vida y a los amores venales, se transparenta una historia mucho más cínica: la de una muchacha sin recursos que se propone -y lo consigue- enamorar a un viejo rico. 

Tenía ojos protuberantes y expresivos, cara redonda de muñeca y una sonrisa franca en la que se adivinaba siempre un quiebro de timidez o de tristeza. En su ficha biográfica se menciona siempre que fue una mujer con inquietudes: dirigió teatro y escribió poesía, por ejemplo. Lo curioso es que su legado dramático -su gestualidad, su impostada voz entre quebrada y chillona- lo asumieron actrices como Gracita Morales -de quien se puede decir que la imitaba abiertamente- o, de una manera mucho más tosca, Lina Morgan , que incluso protagonizó con éxito en 1970 un remake de un lejanísimo éxito de su antecesora, La tonta del bote (1939).

Me ha gustado familiarizarme con esta especie de Jean Arthur a la española: todo un hito en este sorprendente redescubrimiento del cine español que está propiciando -aunque me temo que con muy escaso impacto- el benemérito programa de televisión Historia de nuestro cine, al que uno debe tantos buenos ratos en los últimos meses.  

martes, septiembre 26, 2017

PARA UNA GALERÍA DE ACTRICES: SOLEDAD MIRANDA


Soledad Miranda en El conde Drácula (1970) de Jesús Franco: no era mala actriz, e incluso podría pensarse que la cualidad "vampírica" que Franco, Portabella -que la dirigió en Cuadecuc Vampir- y otros descubrieron y potenciaron en ella no era tanto un azar de la fotogenia como un estudiado logro dramático. Lo mismo podría decirse de su condición de malsana musa erótica -explotada al máximo en Las vampiras (1971), ya en el límite de lo pornográfico-, aunque cabe especular que esos triunfos de la pura gestualidad acompañada de pocas palabras tenían sus raíces en la ascendencia gitana de la actriz y su cercanía al mundo flamenco y a su repertorio dramático, en el que ocupan lugar no secundario las poses estáticas de pasión o dolor y la expresividad de los desplantes. No otra cosa hace la actriz en brazos del ya experimentado Christopher Lee: poner los ojos en blanco, como arrebatada por un paroxismo musical, y dejarse llevar a esa otra realidad en la que perecen sumirse los flamencos cuando llegan a los límites de sus posibilidades expresivas. Murió en un accidente de tráfico en las inmediaciones de Lisboa, cuando acababa de rodar Las vampiras y, al parecer, estaba a punto de firmar un jugoso contrato con el polémico productor alemán de cine sensacionalista Arthur Brauner. Eran años en los que no asombraba demasiado que una joven estrella ascendente acabara de ese modo, y más cuando se movía en un mundo en el que no estaba muy claro dónde terminaba la pose contracultural y empezaba la mera pérdida de referentes. Hoy todas esas historias dan mucha lástima; y más cuando, como es el caso, de la víctima propiciatoria de turno han quedado imágenes tan sugerentes como las que componen las películas mencionadas. Sin pretenderlo, Soledad Miranda puso rostro de Dolorosa a esas figuraciones de la Europa desnortada. Las películas ínfimas que hizo, parece mentira, dan mucho que pensar. 

lunes, septiembre 18, 2017

COMIENZO DE CURSO


Comienzo de curso. Pese a que ya soy viejo en el oficio, me sigue resultando inevitable cierta sensación de miedo escénico, que en cuestión de horas se convierte en esa especie de soterrada euforia de quien comprueba que algo que inicialmente le causaba algún que otro resquemor se desarrolla sin problemas. Es una curva emocional con la que estoy familiarizado y que nunca me ha resultado paralizante o me ha disuadido de plantearme retos, pero que sí causa desazón por el mero hecho de que se repita una y otra vez en circunstancias parecidas. Luego viene, ya digo, la alegría, la sensación de control, la satisfacción de poseer algo así como los rudimentos de un oficio que al fin y al cabo no se me da mal, y que me evita, entre otras cosas, la necesidad de convertir lo que considero mi otra profesión, la literatura, en un instrumento de supervivencia, con todo lo que eso conlleva. Y es curioso que pocas veces haya traído aquí, a este cuaderno, los pormenores de esta dedicación a la que consagro la mayor parte de mi tiempo; quizá por haber dado por sentado que la relación que rige entre mis dos oficios no es de continuidad o linealidad, sino de complementariedad, en una especie de asumida esquizofrenia por la que el profesor y el escritor mutuamente se excluyen, y el uno no comparece nunca donde oficia el otro, o viceversa. Naturalmente, esto no es siempre así; hay espacios -mi función de bibliotecario escolar, por ejemplo, de un lado, o las ocasiones en las que se me ha requerido, como escritor, para actuaciones que tenían más que ver con la pedagogía pública que con la privacidad que requiere el ejercicio de la creación literaria-  en las que ambas vocaciones parecen convivir en armonía. Me bastan para comprobar que la forzada separación que mantengo entre ambas obedece más a un principio de economía vital que a una clara incompatibilidad. Profesores de instituto, al fin y al cabo, fueron Mallarmé, Antonio Machado o Gerardo Diego, así que no debe ser del todo imposible desempeñar ambos oficios simultáneamente. Digo yo. 

sábado, septiembre 16, 2017

ARROYO Y SOL EN GLENDALOUGH



Encuentro en En busca de la isla esmeralda, el "diccionario sentimental de la cultura irlandesa" que acaba de publicar Antonio Rivero Taravillo, una entrada dedicada al monasterio de Glendalough y su impresionante entorno natural, al que varios poetas, irlandeses y de otras nacionalidades, han dedicado sus versos. Traduzco aquí, con algunas libertades, uno de los dos poemas sobre ese asunto que escribió Yeats, que parece ajustarse como anillo al dedo a algunas de las fotografías que tomé de ese paraje en un reciente viaje a Irlanda, del que también surgieron algunos poemas que verán la luz pronto.


ARROYO Y SOL EN GLENDALOUGH

Arroyo y sol rasante
atravesaban la espesura móvil,
rebosante de júbilo mi corazón también;
hasta que un mal recuerdo 
se llevó mi atención por otros derroteros.

¿Y quién soy yo, con este corazón
impuro de remordimientos,
para atreverme a suponer que puedo
conducirme mejor o con más juicio
que cualquier otro hombre?

¿De qué sol, de qué arroyo en movimiento,
de qué párpado vino a traspasarme
ese fulgor? ¿Por qué mi vida
se parece a la de ellos, 
que de sí mismos nacen y renacen?

***

STREAM AND SUN AT GLENDALOUGH

Through intricate motions ran
Stream and gliding sun
And all my heart seemed gay:
Some stupid thing that I had done
Made my attention stray.

Repentance keeps my heart impure;
But what am I that dare
Fancy that I can
Better conduct myself or have more
Sense than a common man?

What motion of the sun or stream
Or eyelid shot the gleam
That pierced my body through?
What made me live like these that seem
Self-born, born anew?

                                                          William Butler Yeats

martes, septiembre 05, 2017

DESUBICADO

La sensación de desubicación postvacacional ha tomado este año un cariz nuevo. Hasta ahora había sido siempre de carácter más bien auditivo: el canto de los pájaros a primera hora de la mañana, por ejemplo, me trasladaba mentalmente, en sueños, al entorno vacacional, y la ilusión no se disipaba hasta que me despertaba del todo.  Pero hoy he experimentado una modalidad diferente de ese no saber dónde se está: mientras dormitaba en el sofá con el ruido de fondo de un documental de YouTube sobre arqueología egipcia, la media luz en la habitación en penumbra y, sobre todo, una especie de conciencia errónea del espacio circundante me hacían pensar que todavía estaba en la sierra: la cocina a la que debía encaminar mis pasos en caso de que quisiera beber agua, por ejemplo, me parecía que estaba a mi espalda, como en la casa de allí, y no en la habitación contigua a mi izquierda. Y era placentera esa impresión de estar en dos sitios a la vez; o, más bien, al borde de una especie de disyuntiva, por la que dos series de impresiones resultaban igualmente válidas y convivían armoniosamente en la mente de quien las acogía. Sé que sólo durará unos días, y luego esa vertiente puramente imaginativa de la experiencia sentida quedará borrada bajo el peso de la implacable realidad. Sea. Pero conviene tomar nota, para no olvidar la mera posibilidad de compaginar ambas.

***

Acabada también la lectura (relectura pausada, más bien) de Axel's Castle de Edmund Wilson: una magnífica fotografía de cómo un lector atento y perspicaz veía el panorama literario occidental en torno a 1930, cuando las glorias recién asentadas eran Yeats, Valéry, Proust, Joyce... Hay que decir que el crítico norteamericano no se equivoca nunca, por más que el hecho de que dedique un capítulo de su libro a la figura, hoy meramente anecdótica, de Gertrude Stein pueda inducir a preocupación... Pero no: la despacha como mera curiosidad, o como alguien que apuntaba alto pero no llegó en absoluto a los logros que cabe atribuir a sus ilustres coetáneos. Y no es que Wilson muestre una admiración bobalicona hacia todos ellos: de todos percibe el límite, el punto más allá del cual el empeño de cada uno de ellos no llega a ninguna parte; lo que no le impide, por supuesto, apreciar en su justa medida lo que sí lograron. En ese sentido, me atrevería a decir que es mejor crítico -a pie de obra, diríamos- que el propio Eliot, siempre brillante, sí, pero poco dispuesto a descender a pormenores que la opinión cambiante podría dejar en entredicho en cuestión de años. También, en cierto modo, se anticipa a la parte más interesante de la obra crítica de Harold Bloom, que es su apreciación del lugar central del Romanticismo en la tradición occidental: Wilson también apunta a la afinidad esencial entre los románticos y los "Simbolistas" -denominación genérica que en él alcanza a lo que hoy entendemos como "vanguardias"-, a la vez que aprecia, como Eliot, la sobrevenida vigencia que estaban alcanzando en su tiempo los postulados de la poesía de los "metafísicos" ingleses de los siglos XVI y XVII: complicación intelectual, rebuscamiento de las metáforas, intento de forzar a toda costa los límites de la expresión para dar cuenta de sensaciones y estados de ánimo radicalmente nuevos. Pero, a diferencia de Eliot, no diagnostica una "disociación de la sensibilidad" que hubiera condenado a las literaturas occidentales a una especie de vaivén entre dos actitudes irreconciliables, sino que parece entrever la posibilidad de una conciliación entre ellas: en Joyce, por ejemplo, cree apreciar una deseable fusión entre los logros del Naturalismo y su compromiso con la realidad y los procedimientos intelectualizados del Simbolismo. Wilson, en definitiva, era un optimista; y no, como Eliot o Bloom, alguien con la vista obsesivamente fijada en algún punto del pasado del que habría que venir la necesaria restauración de la grandeza e importancia que la literatura tuvo en otras épocas. En ese aspecto, es también un "simbolista"; es decir, un vanguardista; animoso, deportivo, entregado al gozo de la apreciación como otros se entregaban al gozo de ver volar los aeroplanos.   

lunes, agosto 28, 2017

JAZMINES


JAZMINES

En la noche cerrada el olor del jazmín
abre un claro en la fronda en la que se entremezclan
los perfiles confusos de los árboles
y una vaga aprensión de animales que acechan
o rozan con sus alas los frutos escondidos.

Tiene la noche oscuridad de pozo,
negrura de pizarra, opacidad primaria de cristales ahumados.

Y hay algo que interroga y no encuentra respuesta,
un tanteo en lo oscuro más allá de las voces,
en el espacio abierto que media entre la propia
respiración y los lejanos
ladridos de los perros.

Aquí una zarza, aquí una zanja o un brocal,
aquí el frescor de un cauce y el estremecimiento de pisar
suelo mojado.

Aquí la confusión, la duda, el miedo.

Y este olor a jazmines
como si una vereda flanqueada de muros encalados 
se abriese ante nosotros.

lunes, agosto 14, 2017

SOBRE UNA CESTA DE HIGOS



A Juan Chacón

Hay mucho que decir ante una cesta de higos
y ante el detalle de poner encima,
como quien los protege de una indebida sobreexposición
–a la calima o a la bulliciosa 
glotonería de las moscas–, 
unas hojas que guardan el perfume del árbol
y conservan el gesto de agonía de sus múltiples manos
al cabo de sus ramas retorcidas.

(La higuera y sus achaques de gigantón envejecido.)

En esas manos he creído ver
la actitud de quien abre las suyas para dar.

(¿Qué voz pone un gigante cuando reparte golosinas?) 

Tomad, éste es el fruto
que viene de la tierra y se destila
en los largos, recónditos conductos de la savia
hasta ocupar su sitio, como una estrella fija, 
en la copa extendida bajo el cielo de agosto;

tomad, este es el don de la amistad,
el que congrega a muchos bajo un toldo
pespunteado de destellos
e infunde en los reunidos un ánimo de fiesta;

Compartid este fruto con los pájaros,
con la tierra que absorbe la pulpa descompuesta,
con los resplandecientes 
insectos que componen su dimensión sonora.

Que vuestra vida se acompase al ciclo
de lo que se desborda hasta agotarse.

(Aquí el gigante tose, como para ordenar sus pensamientos.)

Que la muerte, esa sombra, sólo sea
la pérdida parcial de lo que pesa y cae.