domingo, mayo 27, 2018

QUÉ HACEMOS AQUÍ

This is a life of illusion, / Wrapped up in trouble, laced with confusion. / What are we doing here? (Es una vida de ilusión / con envoltorio de problemas y por lazo la confusión. / ¿Qué hacemos aquí?). No son palabras de un poema pesimista, sino sólo unos versos de "Grease", la canción que Barry Gibb compuso para que Frankie Valli la cantara en la obertura de la película homónima. Suelo verla por estas fechas con los alumnos que acaban el bachillerato, por eso de que ofrece una visión entre tierna e irónica de ese mismo momento en un instituto norteamericano de finales de los años cincuenta -la datación es imprecisa: hay una chica, entre las protagonistas, que se cartea con soldados destinados en Corea (la guerra en la península coreana terminó de facto con el armisticio de 1953), pero también hay una escena que sucede en un autocine en el que proyectan La masa devoradora (The Blob) que se estrenó en 1958-. 

Alguna vez he anotado en este cuaderno que lo que me gusta de esta película, aparte de los recuerdos que me trae de mi propia adolescencia, es su carácter coral, el hecho palpable de que siempre hay cosas que suceden en segundo o tercer plano a las que merece la pena prestar atención; pero nunca, curiosamente, me había fijado en esas palabras desalentadoras que cabe oír en el arranque mismo de su andadura. También he dejado anotado alguna vez que, por rutilante que pueda parecer a un espectador español el instituto en el que se ambienta la historia, la realidad es que es un instituto de ciudad obrera y que ninguno de sus alumnos menciona la posibilidad de continuar estudios en la universidad: de sus posibilidades laborales, sólo sabemos que uno de ellos ha trabajado en verano como mozo de carga en Bargain City -una conocida cadena de tiendas de saldos-, y que otra chica ha abandonado el curso para matricularse en una escuela de peluquería. Cabe quizá rastrear en la canción de Barry Gibb -que, al fin y al cabo, provenía de una banda, los Bee Gees, que había grabado canciones comprometidas sobre hechos de su tiempo, como la conocida "New York Mining Disaster 1941", con la que debutaron en América- el eco del desaliento que dominaba Occidente cuando se estrenó la película en 1978, en plena Crisis del Petróleo. Queda ahí esa nota de pesimismo, en medio de una película que no cabe entender de otro modo que como una celebración de la adolescencia -con su dosis de melancolía, claro, porque la propia ambientación en los remotos años de la era Eisenhower dejan claro que su asunto es el pasado idealizado e irrecuperable-.


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La lectura de este libro de la poeta colombiana P. B. me llena de perplejidad. No había leído antes nada de ella y la primera reacción es de asentimiento gozoso: es un libro magníficamente escrito, que parece haber encontrado un modo imaginativo de referirse a la condición humana, sin incurrir ni en el realismo de baja estofa ni en vaguedades filosóficas. Pero lo que me asombra -hasta el punto de que en un momento dado me siento paralizado de dolor- es que su segunda parte parece referir un lance biográfico de la poeta que coincide punto por punto con un hecho similar que afectó a finales del año pasado a una persona conocida y querida por mí. Busco corroboración en internet: en efecto, la persona a la que la poeta dedica esta sección -su hijo- murió exactamente en las mismas circunstancias que esta otra cercana a nosotros, tenía parecida edad, compartía los mismos intereses artísticos -e incluso una estética parecida- etcétera. Le cuento la anécdota a M.A., advirtiéndole que puede resultar dolorosa pero que también aporta -por la contundente refutación que la poeta hizo de todos los infundios que corrieron sobre la muerte de su hijo- algún consuelo, en tanto que fue una enfermedad diagnosticada y arduamente combatida la que finalmente les ganó por la mano, y no un absurdo accidente o un error dictado por la inmadurez. A veces la literatura depara estas extrañas lecciones. En cierto modo, me alegro de que a mí ésta me haya alcanzado desde la fuerza persuasiva de los versos, y no a través del conocimiento previo que yo pudiera haber tenido de la biografía de su autora. Los versos han trascendido su dolor y quizá nos ayuden a trascender -por más que haya importantes diferencias de grado- el que nosotros hemos sentido en circunstancias casi idénticas. 

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Hipocresía de clase media: nunca digas a alguien que te considera de su mismo nivel económico y social que te privas de tal o cual cosa de la que él o ella presume porque... no puedes permitírtela. Al hecho aleatorio de que la presente crisis no afecta por igual a todas las profesiones y a todas las situaciones laborales se une otro de indudable significado moral: algunos no sólo no se han dado cuenta, sino que consideran una impertinencia que se lo den a entender. (26/5/17)       

jueves, mayo 24, 2018

... Y TENDRÁ TUS OJOS


Sólo las decepciones cumplen puntualmente las expectativas del programa de aspiraciones en que consiste la vida de un mortal medianamente ambicioso. Llegan siempre en fecha, irrevocables. Jalonan la existencia con una sucesión de antes y después. Y si entre alguna de ellas se cuela algún logro, éste siempre parece atenuado, por comparación. O quizá es que no resulta tan fácil distinguir una cosa de la otra, y es sólo el ánimo personal -en mi caso, aunque parezca lo contrario, siempre optimista- lo que retrospectivamente asigna su verdadera tonalidad emocional a cada uno de esos hitos de la vida propia: al cabo, todos logros, porque la vida sólo se explica como reafirmación.  


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(Para una galería de actrices.) Leo el poema de Antonio Jiménez Millán sobre la actriz Constance Dowling, incluido en su libro Clandestinidad (2011) y reproducido también en su reciente antología Ciudades. Consiste en una sobria pero muy efectiva versificación de los datos que pueden encontrarse en cualquier nota bibliográfica de la actriz: que fue amante de Elia Kazan, que tuvo una discreta carrera como actriz secundaria antes de marchar a Italia, donde alcanzó notoriedad como protagonista de varios filmes y conoció a Cesare Pavese, quien se enamoró de ella, y que volvió luego a los Estados Unidos, donde protagonizó una mediocre película de ciencia ficción, Gog, el monstruo de cinco manos (Gog, 1954) y se casó con el productor dela misma, Ivan Tors, tras lo cual "se retiró del cine, tuvo hijos, / seguramente la olvidaron todos"; por más que ella, quizá, pudiera no haber olvidado que inspiró el verso y título más famoso de Pavese, "vendrá la muerte y tendrá tus ojos", inspirado por el sentimiento de decepción amorosa que fue parte crucial en la depresión que llevó al poeta italiano al suicidio. 

Acabo de ver precisamente Gog. En ella interpreta a una atractiva ayudante de laboratorio de la que se enamora el científico protagonista. Va vestida siempre con un poco atractivo uniforme de una pieza, similar a un mono de trabajo, aunque lo bastante bien cortado como para dejar ver un cuerpo poderoso, plenamente ajustado al ideal de matrona atlética al que aspiraban las mujeres americanas de la era Eisenhower. Al final de la película, el científico en cuestión la visita en el hospital del que se repone del ajetreado trance final, en el que ambos combaten con un robot controlado desde una nave hostil de origen indeterminado: "El doctor dice que no es nada serio -la consuela-, sólo un ligero exceso de radiación". Luego añade -cito de memoria- que eso les permitirá verse mejor en la oscuridad... No es la única cita de este jaez, en un argumento que explota más quizá de lo habitual el hecho de que en el remoto laboratorio aislado donde tienen lugar los hechos los hombres y mujeres allí encerrados no tenían otra distracción que interactuar entre ellos de ese modo. De hecho, uno de los científicos allí destinados encuentra satisfacción voyeurística en asistir a los ejercicios acrobáticos de una pareja joven que sirve de conejillos de Indias en una cámara antigravitatoria. 

La actriz, qué duda cabe, no tenía la culpa de que su nombre hubiera alcanzado notoriedad en relación al suicidio de Pavese. Pero la vida se complace en estos improbables cruces, y por eso casi resulta imposible ver la película citada sin acordarse de que su título, Gog, es también el de un libro de otro importante autor italiano, aunque de talante muy distinto al atormentado Pavese: el ultracatólico Giovanni Papini, que aplicó este nombre, tomado de un personaje bíblico, a cierto millonario misántropo de su invención que emplea su tiempo y su fortuna en recorrer el mundo para constatar el absurdo de la modernidad y la mediocridad de sus impulsores. Constance Dowling parecía condenada a figurar, de un modo u otro, en las notas a pie de página de la historia de un arte que no era el suyo, la literatura. (24/5/17)

lunes, mayo 21, 2018

HA DEJADO DE SER JOVEN


K. ha dejado de ser joven. A veces calcula erróneamente la distancia de un salto o sobrestima sus fuerzas, y el error se traduce en un gesto de desistimiento: vuelve desdeñosamente la espalda a la altura que pretendía saltar y se marcha, si no con el rabo entre las piernas, que no es gesto típico de gato, sí con un porte triste que resulta difícil describir, pero que se parece mucho a esa afectación de naturalidad, de "aquí no pasa nada", que vemos en las personas que involuntariamente han incurrido en motivo de ridículo. La evidencia es más triste aún por el hecho de tratarse de un animal sano, cuidado y de costumbres sedentarias. En los gatos callejeros la vejez se traduce en costurones y en ese característico aspecto desastrado que da la vida airada. No es el caso de K., cuyo único signo visible de envejecimiento, más allá de la pérdida de agilidad, es la tripa caída. En todo caso, la realidad es ineludible, y de poco sirve pensar que los gatos, como el resto de los animales, no tienen conciencia ni del tiempo ni de la muerte... Yo no estoy tan seguro: cada vez que yerra un salto, por ejemplo, es evidente que el error de cálculo se basa en una engañosa percepción de cuáles eran sus verdaderas capacidades no hace tanto, y de que, consiguientemente, algo ha cambiado en su vida y no precisamente para bien. En cuanto a la muerte, no sabría decirlo. La presupone, de algún modo, su afinado instinto de conservación. Y también, quizá, el pánico que le causa el vernos dormir a deshora, como si esa desacostumbrada inactividad pudiera ser definitiva y privarla de sus fuentes inmediatas de comida y confort. ¿Hay algo más? Quizá también en sus melancolías de animal viejo aliente algo así como una conciencia de pérdida. Pero... (21/5/17)

viernes, mayo 18, 2018

POR NADA

El rato de lectura en la hora del desayuno, en la terraza de la cafetería. Me acompaña esta vez Isabel y Essex, el librito de Lytton Strachey, en la muy azoriniana traducción de Rafael Calleja para Ediciones La Nave. No tiene pie de imprenta, pero las bases de datos de las librerías virtuales de Internet me aseguran que la edición es de 1945. Me la regaló P. B., que la encontró en el mercadillo dominical de Rota. Todos estos factores -el encanto de la edición añeja, el logrado calco de la prosa de Strachey, la grata trama amistosa por la que me ha llegado el libro- confluye en la impresión de plena felicidad con la que disfruto de estos cuarenta minutos. 

No los cambiaría por nada; lo que no quiere decir que me resista de antemano a la posibilidad de compartirlos con otras personas. Hace un rato por ejemplo, se me ha acercado R. Está doblemente jubilado: de la enseñanza, que fue su profesión, y de la política, una devoción que quizá no le deparó las satisfacciones que seguramente esperaba de ella. Ahora dedica su tiempo a sus investigaciones eruditas. Nos cruzamos con frecuencia, puesto que vive muy cerca de mi lugar de trabajo. Ya venía notando yo en las últimas semanas que le apetecía pegar la hebra. Hoy lo ha logrado. Me ha contado sus indagaciones en torno a cierto crítico de cine que colaboró en la prensa local hace medio siglo. Con paciencia ha logrado reconstruir su biografía y encontrar a sus descendientes. La historia es hermosa, porque es tanto como indagar hasta qué punto es indeleble la huella que dejamos quienes nos afanamos en estos menesteres de la escritura a modesta escala, a nivel casi de anonimato y en el pequeño teatro de vanidades que supone el ámbito local. Habla de un empeño modesto pero noble; y también, ay, insuficiente, por cuanto lo que queda reflejado en los textos del momento no es sólo la pasión particular de un individuo concreto, sino también las dimensiones de sus carencias, de lo que le estaba vedado conocer, de lo que su propia trayectoria humana le aconsejaba evitar. El crítico en cuestión, al parecer, padeció cárcel, y no tanto por sus convicciones políticas como por su perfil de ateo recalcitrante. Cuando pudo, naturalmente, hizo lo posible por hacerse perdonar la falta. Lo que no me dice R. es si, a pesar de todo, fue un buen crítico. Le he dicho que no deje de avisarme cuando publique el resultado de su investigación. 


Luego he seguido leyendo, levantando la vista solamente para mirar de vez en cuando a los viandantes. Hace una mañana espléndida. En momentos así, si le pidieran a uno que expresara un deseo, no me cabe la menor duda de qué pediría; que todos los momentos de mi vida fueran así, me ocuparan pensamientos de esta clase, disfrutara de esta peculiar sensación de bienestar físico y mental. Sé que es pasajera, pero... 


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Evitar que la curva emocional del día se parezca a una montaña rusa. Y hacerlo, por supuesto, en detrimento, no de los momentos de perfecta felicidad, sino de aquellos en los que dominan las sensaciones de desaliento, pánico o estrés. Algo me dice que ese logro tiene que ir necesariamente aparejado a un cierto grado de desconexión, de ecuánime distanciamiento: conocerse a uno mismo lo suficientemente bien como para saber hasta qué punto ciertas contrariedades que parecen causar una gran conmoción en las capas más superficiales de la propia sensibilidad en realidad no calan lo suficiente, y por tanto no merecen la atención y preocupaciones y demanda de tiempo que normalmente suscitan. Cultivar, digamos, una especie de porosidad selectiva, por la que solamente nos dejemos impregnar de determinadas cosas externas y no de otras. Parece un programa asequible, aunque quizá sólo a tan largo plazo que, una vez logrado, casi no queda tiempo y vida para disfrutarlo... Pero quizá este último pensamiento no sea sino una última añagaza del pesimismo para disuadirnos de intentarlo. (17/5/2017)

lunes, mayo 14, 2018

MADRUGADORES


Madrugadores: P., vestido de domingo a la puerta de su casa, con su eterna media sonrisa y un pronóstico optimista sobre el día, que ha amanecido soleado; la dependienta de la panadería, a la que desconcierta un poco que le pague el kilo y medio -he comprado pan para toda la semana- en calderilla: un montoncito de monedas doradas sobre el mostrador; los parroquianos que han venido a dar conversación al churrero y sorben bajo el alero del local un café en vaso; el propio churrero en su habitáculo con olor a fritanga, haciendo alarde de los modestos malabarismos que efectúa con las barras de hierro con las que voltea las roscas de masa en el perol de aceite; los perros del vecino, tímidos y asustadizos, que vuelven de su primera salida del día y se apelotonan en la puerta entreabierta en su apremio por ponerse a buen recaudo antes de que se les acerque el extraño que se dirige a la puerta de al lado; M. A., a la que despierto con el anuncio de que traigo churros recién hechos... 

He hecho bien en salir a hacer estas comprobaciones: sí, todo está en su sitio; ya puede rodar el día hasta su punto álgido. Luego ya se verá.

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El secreto de la prosa de Lytton Strachey: una solemnidad fingida tras la que se adivina la sonrisa de un ingenioso algo cansado de escucharse, pero siempre dispuesto a animar una reunión.

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De aquella ilustre tertulia literaria que congregaba, según me dice mi anfitrión, hasta trescientas personas en sus sesiones semanales, sólo quedan media docena de ancianos. Los demás han muerto; y entre los supervivientes, hoy acusan baja dos: una está en el hospital, tratándose de una súbita afección ocular; la otra -me lo dicen en voz baja, como para no airear demasiado el mal presagio- agoniza en su cama. Me han invitado como ejemplo de escritor "vivo" a quien el animoso animador de la tertulia -un hombre relativamente joven, en comparación- cree que los demás deberían conocer. Pero quizá lo de menos sea mi condición de escritor, y lo que verdaderamente importa es que esté vivito y coleando, como quien dice, a pesar de mi ya respetable edad. Ha sido un rato agradable, que hemos prometido repetir -y aquí todos hemos sido un poco temerarios- más adelante, quizá el año que viene, o el otro... (14/5/2017)

jueves, mayo 10, 2018

UNA NECROLÓGICA

Me entero hoy de la muerte de M. Un 23 de abril, Día del Libro, lo que no deja de tener su ironía, si se considera que el difunto se ganaba la vida en un establecimiento del ramo; en concreto, en nuestra librería de cabecera, en la plaza Mina de Cádiz. No sobrevivió al azaroso proceso que supone superar el trasplante de un órgano vital; aunque, por las noticias que tenemos, luchó hasta el final, o al menos mantuvo el tipo y transmitió cierta esperanza a los más cercanos: "Me canso mucho", decía, "pero según los médicos es lo normal". Deja mujer y dos hijas estudiantes, una de ellas todavía en el instituto. Su jefe y compañero de trabajo en todos estos años me comenta que se le echa mucho de menos en la librería, cuyo buen orden en gran medida dependía de él: tales debían de ser los misteriosos asuntos que lo mantenían ocupado en la mesa del fondo, mientras J., el dueño, atendía a la clientela desde una especie de puesto de avanzada situado junto a la puerta. Ayer, me dice J., se leyeron unas palabras en su recuerdo en la Feria del Libro. Es curioso: es éste el primer año en el que me había eximido a mí mismo de acudir a esa especie de obligado compromiso para todos los que tenemos que ver con estas cosas, y el pretexto que me daba para esta especie de indulgencia era que esta librería amiga, debido precisamente a las dificultades aparejadas a la ausencia por enfermedad de M., no iba a estar presente, y con ello quedaba en suspenso mi ya inveterada costumbre de firmar mis libros en su caseta, como vengo haciendo desde hace años. Él nunca estaba: quedaba al frente de la librería, mientras J. atendía esta otra trinchera de su exigente negocio. Quién le iba a decir a M., siempre tan discreto y modesto, que iba a alcanzar este inesperado protagonismo. Descanse en paz. (10/5/17)

martes, mayo 08, 2018

MEJOR EN CASA


Sensación de ciudad tomada. Hay un campeonato de motociclismo y las carreteras y poblaciones cercanas al circuito se han llenado de aficionados que, por razones que se me escapan, no han venido tanto a seguir a sus ídolos desde una tribuna como a emularlos en plena calle y a lomos de una moto. Los hay que, con la máquina inmovilizada, hacen girar la rueda contra el asfalto hasta que el neumático empieza a quemarse. Otros hacen absurdas y peligrosas cabriolas ante un público bobo que los aplaude desde los arcenes. A regañadientes, he venido hasta una de las poblaciones invadidas para cenar en casa de unos amigos. No es el mejor día, desde luego, para circular en coche. De cuando en cuando me rebasa un enjambre de motos. Las normas de tráfico habituales y las señales que limitan la velocidad siguen vigentes, que yo sepa, pero nadie se ocupa de hacerlas respetar. La afluencia, se dice, es buena para el comercio local. Es el mismo razonamiento que ha convertido todas las fiestas populares, sacras o profanas, y cualquier tipo de evento deportivo en ocasiones propicias para la borrachera, la algarada callejera y las demostraciones incívicas. En tiempos de Roma, al menos, estas demostraciones se restringían al espacio acotado de un circo. Las expansiones de ahora no son menos cruentas: el precio de que unos cuantos hosteleros hagan su agosto con el beneplácito de las autoridades es que unos cuantos desgraciados se rompan la crisma en la carretera... Pero mejor, me digo, no hacerse mala sangre al respecto. ¿Que la gente adora estas ocasiones? Adelante. Peor sería que el motivo que las reúne fuera algo que realmente me concerniera. Bien están las cosas como están. Mi error, en todo caso, ha sido no quedarme en casa en una tarde como ésta. Tomo nota para que no vuelva a suceder. (8/5/17)

lunes, mayo 07, 2018

LIMPIEZA


Domingo de limpieza: he desengrasado la cocina y fregado el baño. Ya tengo el alma limpia para toda la semana. (7/5/17)

viernes, mayo 04, 2018

AERONÁUTICA

Vamos entrando en confianzas con la señora que nos sirve el almuerzo; y que, según nos ha contado ella misma, es también quien lo prepara, por lo que adivinamos una agotadora jornada laboral cuyo último episodio, quizá, sea esta brega con la impaciente clientela. Le digo: "¿Queda sangre? " (me refiero a la sangre encebollada, que es uno de los platos del día que primero se agota, y al que casi nunca alcanzamos los rezagados). "Sí que queda. Y si no -aquí hace el gesto de clavarse un objeto punzante en la yugular- yo misma me saco la mía y te la cocino". Llevo semanas, por otra parte, buscando el modo más razonable de organizar el caótico y contundente menú para que se parezca lo más posible a nuestros almuerzos habituales de plato único. Se me ha ocurrido pedir que nos sirva los cuatro platos a la vez, y colocar en el centro, para compartir, las ensaladas y similares, mientras cada uno de nosotros da cuenta de su plato principal. "No le compliques la vida a la mujer, que tiene mucho trabajo", me ha dicho M. A. Y el asunto casi se ha convertido en motivo de discusión. Pero hoy he visto que así es precisamente como se organizan su comida un grupo de trabajadores en una mesa vecina. M. A. parece más convencida. Le he preguntado a la señora si puede ser. "Sí -ironiza-. Y si quieres, te traigo también el postre al mismo tiempo". Pero la verdad es que el contundente primer plato, cuando se come sin la expectativa de ver aparecer a continuación una ración de acedías fritas o un filete empanado, se trasiega mejor. Para compartir hemos pedido pimientos asados y ensaladilla. Todo es cuestión de fantasía. Y nos hemos levantado de la mesa con las ínfulas de quienes, como los obreros aeronáuticos que nos circundan, después de un almuerzo así son capaces de construirse un Airbús ellos solitos. (4/5/17)

jueves, mayo 03, 2018

LASTRES

Ilustración: Manuel Martín Morgado
Me pide M.A. que le busque algunas de sus espaciadas colaboraciones en la revista C., que necesita para un currículum; lo que me da motivo para repasar la colección completa,desde el lejano número 1 correspondiente a enero-febrero de 1996 y en el que yo ya colaboraba con unas traducciones de poemas de Kipling, hasta el último (marzo-abril 2017), en el que publico un ensayo y una reseña. Veinte años de colaboración casi ininterrumpida, en los que hay de todo: cuentos, poemas, ensayos, secuencias de artículos, extractos de mi diario y reseñas de libros; un fiel espejo, pienso, de los modos en los que he abordado la literatura desde que empecé a considerarla, pese a que no vivo de ella, como una actividad que exigía la dedicación y el esfuerzo de una verdadera profesión. Si la revista ha sobrevivido todos estos años, supongo, es porque hay quienes la compran y la leen, e incluso quienes la guardan celosamente, así que no dejo de preguntarme, con ciertas cautelas, si alguno de esos lectores y/o suscriptores, a la vista de la colección, repararán en ese empeño y se habrán formado alguna opinión al respecto; si habrán reparado, por ejemplo, en la diferencia entre el treintañero que escribía en los primeros números, fiado de su intuición y de los impulsos de una cierta iconoclastia muy de época, y el cincuentón de hoy, no menos impulsivo, pero al menos algo más atento al ropaje argumentativo al que fía la credibilidad de lo que escribe. En el fondo, ambos se parecen: los dos sostienen la contraproducente pretensión de seducir al lector mediante el recurso de apelar, no a una posible afinidad cordial, sino a un cierto alarde de discrepancia. No me gusto cuando me leo retrospectivamente: entiendo que no haya llegado a tener lo que se dice un público. Se me puede leer, quizá, con agrado, pero nunca con plena simpatía. Ahora, si acaso, soy más consciente de ello; pero no creo que esté ya a tiempo de solucionarlo.

Miro con sentimientos encontrados la inestable pila de ejemplares que ha ido levantando en el suelo la colección casi completa de la revista. Quizá el error resida en conservar estas pruebas tan elocuentes de la futilidad de los empeños de uno. Habría sido mejor, supongo, prodigarse aquí y allá, como efectivamente he hecho, pero no conservar testimonio alguno de ese fuego graneado. Vivir sin ese peso. Quizá esté todavía a tiempo. (3/5/2017)

martes, mayo 01, 2018

CARACOLES


Se ve que el hombre estaba deseando pegar la hebra. "¿Qué? ¿Se va a llevar usted todo el campo que tenemos aquí?". Lo dice por las fotos que me ha visto hacer. Está la tarde nublada y el cielo presenta una espectacular gama de grises. Y hemos aprovechado el carril de entrada de la venta para hacer una parada en nuestro viaje. Un cartel grande anuncia que hay caracoles. "¿Te apetece probarlos? Invito yo", me dice M. A. El hombre de la venta parece feliz de tener compañía. "¿Son ustedes de por aquí?", pregunta. "Casi. Vivimos en...". Pero la mención de una capital que se encuentra a menos de una hora de carretera de donde estamos no parece disuadirle de la idea de que somos forasteros momentáneamente atraídos por las bellezas del paisaje y, ya puestos, por las delicias de la gastronomía local. A pesar de la cercanía, nos comenta, él si acaso habrá ido a la capital tres o cuatro veces en su vida; lo que no significa que no haya viajado lo suyo: trabajó veinte años en Barcelona y al menos dos veces al año bajaba al pueblo a pasar las vacaciones. Ganó mucho dinero en la construcción. En los años previos a los Juegos Olímpicos no daba abasto. Echaba muchas horas extras. Y todavía disponía de tiempo para hacer trabajos por cuenta propia. "Si no llega a ser por esa racha, ahora no tendría mil doscientos euros de jubilación", se ufana. La venta era de su suegro y, al parecer, él tuvo que volver de Barcelona para hacerse cargo de ella. 

No nos aclara qué relación le une con quienes llevan ahora el negocio, una pareja también entrada en años; quizá son simples arrendatarios. Nuestro interlocutor no parece echar mucha cuenta de ellos. Si acaso, parece hacer alarde de su desvinculación de las obligaciones aparejadas al negocio en cuestión: lo suyo ahora es pasarse las horas en el porche, con las manos en los bolsillos del pantalón impoluto. Hemos pedido una ración de caracoles para llevar. Será la primera indulgencia que nos permitiremos en el puente festivo, después de semanas de actividad frenética. También nosotros, como nuestro interlocutor, nos merecemos un descanso. (1/5/2017)

viernes, abril 27, 2018

BIEMPENSANTE

Me causa un indecible malestar la visión de una gaviota arrancando las vísceras de una paloma muerta. Está ocurriendo ahí, a pocos metros de la balaustrada del paseo marítimo, en una de estas extrañas tardes de luz sin sombras que crea la dispersión del resplandor solar en un resto de bruma. Está ocurriendo del lado de acá de una especie de contrafuerte que el oleaje y los vendavales de los últimos días ha tallado en el frente arenoso, por lo que es posible que quienes toman el sol un poco más allá, en la cota algo más baja que se extiende en suave declive desde el otro lado del farallón hasta la orilla, no puedan ver la escena. Me alegro por ellas: dos mujeres de alrededor de treinta años, que han tenido la fantasía de envolverse el cuerpo en una especie de largo velo vaporoso, dejando las piernas al descubierto; una de ellas en pie, jugando a tirar un balón a una niña pequeña, la otra tumbada en una butaca plegable. El trozo de tripa no cede fácilmente y cada tirón que efectúa la gaviota, forzando un movimiento de torsión para que el filo cortante del pico desgarre el tejido rebelde, provoca una convulsión en el cuerpo inerte... Vuelvo la vista, incapaz de seguir mirando y cuando empiezo a sentir en mis propias vísceras una insinuación de náusea. No me sabía tan blando, me digo. O quizá se trate de una blandura sobrevenida, efecto de una debilidad coyuntural: un mal pensamiento interpuesto entre el ojo que desea y la posibilidad cercana de un paraíso.

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El efecto inmediato de que el ayuntamiento acote una parte de la calzada para la circulación de bicicletas, respondo a este biempensante amigo partidario del pedal, será la supresión de centenares de plazas de aparcamiento de las que utilizamos quienes, por vivir en una periferia endémicamente mal comunicada con el centro, no podemos permitirnos el lujo de venir al trabajo en bici... Lo que me sitúa -lo veo en la incomprensión, no exenta de tristeza, con que me miran los ojos de mi interlocutor- en ese irredimible lado de la balanza social en el que hacen bulto los enemigos del progreso, de la ecología, de la vida armoniosa en el mejor de los mundos posibles. Y sí, ahí andamos. Y no por elección propia, que conste. (27/4/17)  

miércoles, abril 25, 2018

EL MOSQUITO


Aparece el primer mosquito nocturno de la temporada pre-estival: zumbón, hiriente, escurridizo y causante de una casi inexpresable aprensión. Lo oigo cernerse sobre mi oído derecho, en la oscuridad, y hago un impremeditado movimiento con la mano para atraparlo o aplastarlo. El zumbido desaparece, pero sólo por unos instantes: vuelvo a percibirlo, indeciso, a una cierta distancia de mí, como a la expectativa de un nuevo ataque que no tarda en producirse. Enciendo la luz y lo busco, en vano; debe de andar oculto entre las sombras. Vuelvo a apagar la luz y me resigno a conciliar el sueño con la cabeza bajo la sábana. Una vez dormido, ya no me importará que me pique o que se aburra: lo verdaderamente angustioso es asistir con plena conciencia a su amenazante presencia en la oscuridad, a pocos centímetros de tu cabeza. Ya Quevedo, a quien no arredraba escribir sobre estas pequeñeces de la vida cotidiana, le dedicó el correspondiente soneto, en el que le reprochaba precisamente esa manera peculiar suya de anunciarse con un zumbido antes de picar, y de preferir hacerlo, a lo que parece, en las inmediaciones del oído, donde es seguro que la víctima no dejará de percibirlo... De poco consuelo me sirve esa noble referencia literaria: la incomodidad causada por el mosquito y por la molestia de dormir con la cabeza tapada, acalorado e inquieto, ha terminado de desvelarme, o acaso de reavivar otros indicadores de una nula predisposición al sueño. Ahora es la digestión la que se hace notar, así como el recuerdo de una vieja lesión de hombro y una especie de calambre de la pierna izquierda que aparece, precisamente, cuando otros factores se conjuran para impedir el descanso. El mosquito ha vencido. Me paso la noche redactando mentalmente esta nota. (24/4/17)

lunes, abril 23, 2018

LABORIOSO SILENCIO EN COMPAÑÍA


Extraño domingo. El levante sopla por ¿quinto, sexto día consecutivo? pero el embotamiento general no consiente una tregua. Hay trabajo que hacer y todo un día para hacerlo, por lo que no valen excusas. El artículo de cine de la semana, basado en un par de ideas claras, sale con facilidad, y también con facilidad sale el examen que tengo que preparar para mis alumnos. M.A., mientras tanto, estudia. Laborioso silencio en compañía: me ha salido endecasílabo, como para un soneto. 

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De todas las muertes absurdas y vanas que llenan los periódicos, ninguna lo es tanto como la de una persona de veintitantos años. Sería complicado argumentar esa primacía en lo doloroso, y quizá ofendería los sentimientos de quienes han perdido a seres queridos de otras edades. A partir de los cincuenta años, digamos, podemos asumir sin mucha resistencia que se vive de prórroga. Lo fundamental está hecho: quien tenía que tener hijos los ha tenido ya, e incluso puede que los haya criado; quien se esforzaba por alcanzar alguna meta profesional, intelectual, etcétera también es muy posible que la haya alcanzado ya. Antes de los veinte años, digamos, no se hace otra cosa que tomar posiciones en una dudosa línea de salida. Si alguien no llega, es evidente que causará un enorme dolor a los suyos, pero... ese dolor se proyecta sobre una incógnita: la persona a la que se refiere no había terminado de hacerse a sí misma, era sólo un proyecto, una posibilidad, un anuncio de algo que había de realizarse. A partir de los veinte, los veintidós, los veinticuatro, en cambio, se empiezan a dar los primeros pasos por ese tortuoso e imprevisible camino que es la vida de uno, la verdadera vida propia, la que está hecha de una mezcla inextricable de azares y de algunas decisiones personales, que son las que verdaderamente cuentan. Si justo en ese momento de plenitud ocurre algo que trunca su infinita promesa, la pérdida es verdaderamente notable: se pierde una inteligencia plena, una voluntad de acción ya dispuesta, un afecto irreemplazable. Se pierde una vida ya vislumbrada como posibilidad a punto de realizarse. Por eso me ha impresionado tanto la noticia del suicidio de una chica de veinticuatro años, en Italia. Se tiró por un balcón después de que sus compañeros supieran que era hija de un conocido mafioso. Fue en vísperas de su graduación y nadie acudió a la fiesta prevista. Al parecer, la chica era buena estudiante y se había esforzado por labrarse un porvenir al margen de los sórdidos negocios de la familia. Nadie quiso reconocerle el esfuerzo o ver en ella esa voluntad de redención. Tuvo por delante la visión clara de una vida embarrada para siempre por esa especie de pecado original. Y actuó en consecuencia. 

No justifico su acción, desde luego: su caso, tan mediático, es sólo un ejemplo de ese tremendismo con el que los jóvenes suelen afrontar las contrariedades. La vida encuentra luego sus caminos. Pero hubo en ella un impulso que no quiso atender a razones, y que quizá incluso ni siquiera quiso darse el tiempo necesario para que esas razones afloraran. Ya no tiene remedio. Y lo único positivo que se deriva de esta triste anécdota es que, más allá del cinismo desde el que todo el mundo opina y condena, parece que la sociedad italiana en general está conmovida e incluso se siente un tanto culpable. Es posible que esa reflexión humanice un poco a todo el que haya querido permitírsela.


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Día del Libro. Treinta y tantos escritores en una plaza, a pleno sol. Entre todos hacemos bulto: a falta de espontáneos que vengan a aplaudirnos y comprar nuestros libros, cada uno de los treinta tiene como público a los otros veintinueve. Ninguno, por supuesto, condescenderá a comprar los libros de otro, La vida, mientras tanto, bulle alrededor: hay gente que pasea y pasa de largo, sin acercarse a esa extraña concentración de postulantes; hay niños que juegan al fondo. Sería un milagro que todo ese bullir se detuviera de pronto y se tradujera en un movimiento de curiosidad o de genuino interés hacia esos extraños congéneres que dedican su tiempo a escribir libros y han conseguido el dudoso privilegio de verlos impresos: que la gente se acercara y hojeara los libros, preguntara a los autores, se preguntara si alguno de esos libros les concierne de alguna manera. Pero mejor que no lo hagan, porque quizá los allí congregados no querrían saber las respuestas de esas preguntas verdaderamente cruciales. (23/4/17)

viernes, abril 20, 2018

CASA DE COMIDAS


Al menos una vez por semana nos gusta almorzar en cierto restaurante de menús del día en el que comen los trabajadores del polígono industrial cercano: es barato y la comida es buena, y además ese día nos ahorramos cocinar y fregar platos. No hay florituras ni ceremonias: al entrar, te dan una fotocopia con el menú y hay que anotar la comanda en un papelito adjunto. La comida llega a la mesa a los pocos minutos, y en cuanto la camarera, que también cocina, ve que estamos finiquitando el primer plato, planta en la mesa el segundo, no exactamente con brusquedad, pero sí con la presteza deportiva de un ama de casa que no quiere que la comida se alargue indefinidamente y está deseando acabar con el zafarrancho para echarse a descansar. Así es la rutina, semana tras semana, y ya incluso puede decirse que la camarera nos ha hecho la ficha: ya sabe que nunca vamos más de una vez por semana, que no me gusta el queso -si sospecho que ese ingrediente aparece en el plato, lo pregunto-, que nos lo comemos todo -las raciones son generosas y hay muchos comensales que dejan la mitad de un plato para disfrutar del otro- y que desde luego no somos trabajadores de las fábricas y talleres circundantes. 

Hoy nos hemos sentado frente al mostrador, con vistas a la puerta del salón en el que se come exclusivamente a la carta y por todo lo alto: mariscos y pescados de la zona, más allá de la humilde merluza en rodajas y las acedías fritas que a veces incluye el menú del día. En una mesa que debe ocupar el ángulo ciego que se encuentra a la izquierda de la entrada al salón, según la vemos nosotros, han devorado ya dos bandejas de cigalas -vemos pasar, de vuelta a la cocina, las fuentes llenas de cáscaras- y han pedido otras dos, a las que siguen, apenas unos minutos más tarde, dos fuentes de carabineros y luego otras tantas de espectaculares almejas. En la parte, digamos, menesterosa del local nadie, salvo nosotros, parece reparar en ese despliegue. Todo el mundo come más o menos en silencio -el comedimiento general es otra de las características de la concurrencia- y abundan quienes acompañan el menú con agua mineral en botella de plástico: quieren evitar la somnolencia añadida que les produciría beber vino o cerveza. No así en el salón de al lado: una muchacha desenvuelta, un poco entrada en carnes -lo que más bien la favorece, teniendo en cuenta que luce con garbo unos ajustadísimos vaqueros- ha salido del salón y ha pedido a la camarera que atiende el mostrador, y a la que trata con familiaridad, que mande para adentro otra botella de vino... 

Quisiera uno hacer una metáfora de todo esto. Pero no. "Una cosa está clara", me dice M. A. con maldad característica, "el precio de esa mariscada no va a salir del bolsillo de quienes se la están comiendo". Es posible: tal vez celebran un nuevo contrato y llevan allí al cliente, para contentarlo. O tal vez -se me ocurre este pensamiento sombrío- celebran lo que van a ahorrarse en gastos de personal gracias a un nuevo ajuste de plantillas o un nuevo recorte de los sueldos. Pero no hay que ponerse trágicos. Quizá el hecho de que estén allí, enchaquetados, a la hora en la que otros que ganan mucho menos están ya echados en el sofá y disfrutando de la siesta, y de que estén entre compañeros de trabajo y no entre amigos o familiares, basta para calificar la situación como lo que es: una obligación más, asociada al trabajo. A ellos les ha tocado la parte en la que se comen crustáceos caros, mientras que a otros les toca el menú del día. Bien está, me digo, mientras éste no falte. Pero quizá es que yo también he comido demasiado y ya me están afectando los vapores de la digestión, que será larga. (20/4/17) 

jueves, abril 19, 2018

LEVANTE


Aquí también vendría bien el verbo que Pla usaba para describir los efectos de la tramontana: desfibrarse. Desde un punto de vista estrictamente climático, el levante del Estrecho es muy distinto a esos vientos mediterráneos: suele ser cálido y casi siempre indisociable de una clara sensación de mar picada; aunque el mar, como sucede cuando el viento alcanza las comarcas de sierra interior, quede lejos y resulte invisible. Pero los efectos sobre el ánimo sí parecen ajustarse a lo que quería dar a entender el gran escritor catalán: sensación de nervios destemplados, de distonía en piernas y brazos, de somnolencia que fácilmente se confunde con una especie de generalizada desgana vital. Sacudido por el viento, lo sólido adquiere la versatilidad de lo líquido e incluso de lo gaseoso. Árboles, ropa tendida, toldos, peinados, se agitan como llamas, o mejor como celentéreos anclados a un arrecife y movidos por la corriente. Tendencia a no oponer resistencia, a dejarse llevar, si no fuera porque, paradójicamente, en medio del torbellino se afianza la certeza de que nos han salido raíces de los pies y son éstas las que impiden que, como quisiera la voluntad en suspenso, salgamos volando. (19/4/17)

domingo, abril 15, 2018

SADOMASOQUISMO

Como las tiendas llevan dos días cerradas, la gente aprovecha la tregua del Sábado de Gloria para acudir a los supermercados. Multitudes ansiosas, aparcamientos saturados, ese nerviosismo generalizado que caracteriza a la gente en estas ocasiones en que la concurrencia masiva es percibida como una contrariedad. Yo también ando embotado y, al recular en un aparcamiento, golpeo el coche de un impaciente que, a pesar de haber percibido mi maniobra, no ha querido esperar. Asumo, de todos modos, mi culpa, aunque me basta poner pie a tierra para comprender que mi víctima no se va a conformar con mis disculpas y mi disponibilidad para cumplimentar rápidamente el parte de daños. Me hace saber, indignado, que le he estropeado las vacaciones y que el incidente seguramente le supondrá no disponer de coche en varios días, mientras se efectúa la reparación —que, a todo esto, apenas excede de una pequeña abolladura—. Asiento a todo, reiterando mis disculpas. Mientras, mi interlocutor ya ha desplegado el parte de daños y lo cumplimenta con eficacia. "No creas que hago esto todos los días; es que me dedico a estas cosas". No sé si lo dice para disipar la duda de que quizá estoy siendo víctima de alguna clase de truco. Pero no está uno para asumir teorías conspirativas, así que asiento a todo y firmo el papel que me ponen por delante. 

Lo curioso es cómo esta clase de contrariedades tienen la virtud de dejarte de malhumor el resto del día. Ya sé que una tarde de malhumor no es lo mismo que unas vacaciones estropeadas; pero, ya que, en mi papel de culpable dócil, no he tenido ocasión de airear la parte que me corresponde de este pequeño drama, vengo aquí a dejar constancia de mi fastidio, de mi enfado conmigo mismo, de mi torpeza. Y es como si me descargara de un peso.


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Veo, en condiciones deplorables —la versión que he encontrado es un archivo de Youtube de muy poca calidad— la versión cinematográfica que un para mí hasta hoy desconocido Joseph Strick hizo del Ulises de Joyce en 1967. Y, para mi sorpresa, hallo que no está nada mal: el blanco y negro, que ya en estos años empezaba a ser una rareza, cuando no un signo de precariedad de medios, le sienta bastante bien a la atmósfera de esta sencilla historia de gentes vulgares que se cruzan por las calles de Dublín y acusan sus anodinas experiencias en los dos registros de los que le es dado valerse a la conciencia humana: la percepción nítida de las realidades objetivas, por un lado, y su interiorización mental, generalmente mediante una modalidad de discurso que se rige por reglas distintas de las de la mera comunicación denotativa. 

Strick mezcla con naturalidad las escenas que efectivamente están viviendo los protagonistas con las que imaginan y con el torrente verbal que acompaña esas fantasías; y logra el milagro de hacer accesibles incluso las partes más oscuras de la novela joyceana: por ejemplo, el capítulo en el que Bloom y Dedalus se encuentran finalmente en un burdel y se ven envueltos en una intrincada mezcla de situaciones reales e imaginadas, la mayoría de ellas dictadas por la exaltada fantasía del primero y su aguda conciencia de extrañamiento —acaba de ser insultado en una taberna por un nacionalista exaltado que le ha echado en cara su condición de judío— y de insatisfacción sexual —su mujer lo engaña con otros y hace meses que se niega a tener relaciones con él—, así como por cierta tendencia a incurrir en fantasías sadomasoquistas. 

La película se las arregla para poner en imágenes lo que Joyce desarrolla, a mi entender con cierta ineficacia, en forma de texto teatral, mediante diálogos y acotaciones escénicas. Especialmente memorable es la escena final, el famoso monólogo o ensoñación de Molly, la esposa adúltera de Bloom. 

La inmersión en la película viene a aliviarme un poco de la desazón que me ha dejado el incidente de la mañana... Lo dejo anotado, para un futuro ensayo sobre las propiedades terapéuticas del arte.

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Para mis memorias de Dublín: el comienzo de la película, filmado en la torre Martello de Sandycove, en la que tuve mi rato de ensoñación literaria in situ hace apenas un par de semanas; algunos lugares muy reconocibles de la ciudad, como la pasarela peatonal sobre el Liffey conocida como Ha'Penny Bridge, o la perspectiva del río con su sucesión de puentes y el edificio de la Aduana al fondo; o los acantilados de Howth, que el mal tiempo me desaconsejó pisar, pero que la película, siguiendo al pie de la letra la novela, muestra retrospectivamente como escenario del primer encuentro sexual entre Bloom y su futura mujer, con algún vislumbre del faro y el puertecillo pesquero en la lejanía: o la playa de Sandymount, escenario del paseo inicial de Dedalus y de la escena de desahogo sexual de Bloom ante una chica que le muestra las piernas y algo más... (15/4/2017)

miércoles, abril 11, 2018

GORRIONES


De nuevo, la fiesta como azar: de un rato en la terraza del bar de la plaza surge la ocasión y la compañía. Luego cada cual aporta al fondo común su previsión de almuerzo: las tagarninas recién cogidas, el guiso de sangre en tomate, unas chacinas, un puerro cocido y preparado en ensalada. Alimentos sencillos, sin pretensiones. Todo sabe exquisito en la cocina acogedora. También la conversación gira en torno a una tácita voluntad de armonía. La siesta, luego, es larga y abrumadora: ha digerido uno en ella, no sólo el exceso de comida y bebida, sino también una especie de sobreabundancia de calor cordial. Ahora la tarde, lo que queda de ella, es desabrida: la conciencia casi tan embotada como la voluntad.


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Los gorriones, dice el periódico, se están extinguiendo. Como para desmentirlo, o quizá para poner una nota dramática en mi sentimiento de contrariedad, un gorrión se descuelga de un canalón y acude a picotear unas migas. ¿O es, acaso, un verderón? Pero no quiero que mi ignorancia añada o reste a mi sentimiento de alarma. Pregunto a un convecino. "¿Gorriones? Aquí no se ha notado que falten. Y, de todos modos, ¿quién se ha parado a contarlos?". 

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Constatar que un poeta que no te gustaba empieza a gustarte... Y leerlo con la atención añadida de quien ensaya una disculpa. (11/4/17)

martes, abril 10, 2018

LA NOVELA DEL VIAJE




 En la primera tarde vacacional, pinto dos acuarelas a partir de las fotos que he traído de Dublín. Tengo desde hace años la superstición, o quizá el prejuicio, de que las fotos por sí mismas -me refiero al tipo de fotos triviales y casi siempre torpes que suele hacer un turista- dicen poco del momento en que fueron tomadas, y que, en cambio, el dibujo o la pintura exigen una atención añadida que, independientemente del resultado que se obtenga, redunda siempre en un cierto grado de interiorización de la escena pintada o dibujada. 

Esta vez, por supuesto, el ritual tiene truco: las acuarelas en cuestión han sido pintadas a partir de fotos; pero éstas son lo bastante recientes como para no haber borrado del todo la impresión directa del lugar, que es lo que cuenta. En todo caso, he disfrutado haciendo estas ingenuas acuarelas, que me confirman lo que siempre he dicho de los viajes: básicamente, suponen una incomodidad; pero lo realmente valioso de ellos es la huella que dejan en el recuerdo, o más bien el acicate que suponen para la imaginación que los reconstruye retrospectivamente. Leo las notas que he ido dejando en este diario sobre este último: todo se atiene estrictamente a los hechos, pero empieza a asomar entre ellos, o sobre ellos, lo que podríamos llamar la novela del viaje. Para empezar, y por no ser indiscreto, he disfrazado un tanto los nombres propios de las personas implicadas. Es decir, he empezado a convertirlos en personajes. También el yo que habla en estas notas lo es, en alguna medida. Pero ya se sabe que el yo siempre lo es. (10/4/2017)

lunes, abril 09, 2018

ALGO EN MÍ

Leo A Shropshire Lad ("Un muchacho de Shropshire") de A. E. Housman en el ejemplar que compré en el mercadillo dominical de Dún Laoghaire. Quién hubiera dicho que esta colección de poemillas aparentemente muy simples, ajustados a las formas de la balada tradicional, iba a salirme al paso precisamente en este escenario y en una etapa de mi vida en la que mi estado de ánimo parece en sintonía con lo que ellos expresan: un sentimiento de infinita piedad por la juventud malbaratada, por el desperdicio que supone acabar con la propia vida en nombre de un amor contrariado, una momentánea pérdida del sentido de la realidad o una bala extraviada en una guerra absurda; cuando no -y es la posibilidad más temible-, por un exceso de autoconciencia, que hace que la vida presente suponga una insoportable carga, que no existía en una añorada fase prenatal, anterior a la existencia misma, ni existirá después de la muerte. 

El libro ahonda especialmente en esta última especie de la desesperación autoinducida; y es curioso que ese nihilismo absoluto fuera del agrado, al parecer, de los miles de lectores que tuvo en un intervalo que abarca la sangrienta guerra de los Boers y las dos guerras mundiales. La explicación, quizá, radica en lo ya dicho: que, por encima de ese nihilismo predomina un sentimiento de piedad madura, diríamos que bien informada, hacia todo ese desperdicio de ilusiones y vidas. 

Muchos lectores encontraron quizá esperanzadora la posibilidad misma de esa mirada ecuánime, que implicaría un principio de aceptación de tanta desgracia. Lo que está claro es que sobre la popularidad del libro no pesó en ningún momento el principal argumento crítico al que parecen ceñirse sus comentaristas de hoy: el presunto carácter homoerótico de la poesía de Housman, que se da por sentado desde que su hermano Laurence, en función de albacea literario, hizo público el contenido de una carta del poeta en la que al parecer -la carta no se conserva, y hay incluso quien duda de su existencia- éste se mostraba bastante explícito al respecto. Sea como sea, no es necesario en absoluto conocer las inclinaciones amorosas de Housman para compartir la peculiar mezcla de desesperanza y contención que trasluce su libro más conocido. A mí me había salido al paso otras veces y no me había interpelado con la fuerza que lo hace hoy. Algo en mí me predispone ahora a entenderlo mejor. (9/4/2017)