lunes, septiembre 17, 2012

UN ESTRENO


Nos gustó Contra el tiempo, la película que ha dirigido nuestro paisano José Manuel Serrano Cueto. La vimos en Alcances, la añeja Muestra Cinematográfica gaditana de la que fuimos en su día muy asiduos y de la que llevábamos desconectados varios años, por motivos que ahora no vienen a cuento... El caso es que el acto tuvo, para mí, cierto valor de reencuentro. Y también, por supuesto, de agridulce constatación de que los años, también para nosotros -y no sólo para los actores secundarios del cine español sobre los que trata este hermoso documental- no han pasado en vano. Tampoco la Muestra ha envejecido bien, y prueba de ello era la escasa presencia que su programación, cartelería, etc. tenían en el propio cine donde tenían lugar las proyecciones, ubicado en un desangelado centro comercial. De hecho, no encontré indicación alguna sobre la sala en que había de proyectarse la película que íbamos a ver, así que me dirigí directamente a la taquilla y, con cierto azoramiento, pedí a la taquillera unas entradas "para la sesión de las siete y media". Me preguntó qué película iba a ver, y cuando le dije el título, apostilló, "Ah, El contratiempo. Sala 7". Y allí nos dirigimos, a ver la película a la que la taquillera acababa de rebautizar.

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No sé si en la intención de su director estaba reafirmar alguna tesis sobre el pasado y presente del cine español, pero el caso es que la tesis se desprendía pos sí sola: hubo un tiempo en que el cine español era una industria y contaba con profesionales tan avezados en lo suyo como cualesquiera otros trabajadores de otros ramos pudieran estarlo en sus respectivos oficios. "Había mucho trabajo", repiten, como un mantra, casi todos los actores secundarios entrevistados en esta película. Y era verdad, porque en la coyuntura que les tocó vivir -el cine español de, digamos, entre 1965 y principios de los noventa-, la casi permanentemente anémica industria cinematográfica española se benefició, primero, del efecto de las inversiones de Samuel Bronston, y luego de la eclosión del spaghetti western y sus réplicas autóctonas, y después de ese gran espaldarazo al cine de consumo que supuso la llegada del llamado destape... "Ahora sólo se hacen películas sobre la Guerra Civil", afirma en algún momento del documental el actor Carlos Bravo. Lo que, en términos más ponderados, podría entenderse de este modo: ahora -un "ahora" muy amplio, en fin- sólo se hacen películas que cuentan con el beneplácito de los actuales guardianes de la corrección política, que son quienes conceden las subvenciones correspondientes, y cuyo criterio apenas se extiende, además de a las mencionadas películas sobre nuestra historia reciente, a aquellas producciones que se presentan bajo una coartada cultural más o menos impostada o a cierto cine oportunista con ínfulas de modernidad. Ninguno de los entrevistados, por supuesto, hizo un diagnóstico tan preciso. Pero casi todos reconocían tácitamente que en el actual cine español no había ya lugar para ellos, los característicos, los "malos", los que secundaban a Lee Van Cleef y a sus émulos -o a Nadiuska y compañía- en aquel sufrido cine que llenaba las salas de barrio.

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Pero a mí me gustó la película por otros motivos. Por su ritmo, por ejemplo, genuinamente cinematográfico -y  ajeno, por tanto, a ese estilo plano, televisivo, del que adolecen tantos documentales-; y, por supuesto, por el atractivo de las figuras entrevistadas y el misterio, más sugerido que explicitado, de lo que hoy son sus vidas. Simpaticé con el aire de gran cómica de otro tiempo que todavía mantiene Mabel Escaño, por ejemplo; o con la autoironía que destilaban todas y cada una de las afirmaciones del gran característico Ricardo Palacios, o con la atmósfera de incorruptible bohemia madrileña que parecía envolver a Carlos Bravo desde el momento mismo en que irrumpió en la plaza de las Comendadoras... Cada personaje portaba su atmósfera, y que la película fuera capaz de sugerirla es, desde luego, uno de sus mayores méritos.

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A la salida, caras conocidas, de cuando la Muestra era multitudinaria y uno la vivía como la gran ocasión cinematográfica del año. Pero, ay, todos esos conocidos -escasos, diezmados, retranqueados en sus gustos de siempre, cerrados a toda novedad- salían de... otra película.    

2 comentarios:

ANTONIO SERRANO CUETO dijo...

Gracias por esta crónica de una sesión grata para mí por motivos obvios, aunque se te ha olvidado mencionar la música, tan ajustada al propósito de la película.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Cierto, Antonio. Como bien dices, esto es una simple crónica, y no una reseña, y por eso se le escapan aspectos que no debieran pasar desapercibidos en un escrito más sistemático y exhaustivo. Pero vayan por delante mis felicitaciones a la compositora, que acertó plenamente.