lunes, diciembre 17, 2012

LAS IDENTIDADES

Leer por primera vez un libro de poesía -quiero decir, un libro que desde el primer verso cumple todas las expectativas favorables que pudiéramos haber puesto en él, y cuya lectura por tanto se nos impone por sí  misma, y no responde a un mero acto de paciente voluntarismo por nuestra parte- se parece mucho a esas visitas apresuradas que los turistas hacen a un museo de una ciudad a la que van por vez primera: les atenaza, a un mismo tiempo, la impaciencia por todo lo que les queda por ver y la ansiedad de constatar que el vistazo rápido que dedican a cada una de las piezas que les salen al paso no es suficiente, y no satisface en absoluto el instinto de apropiación que nos asalta ante la presencia de lo que juzgamos valioso. El turista fía la satisfacción de esas demandas a una segunda visita, por lo mismo que el lector, mientras recorre un poco atropelladamente los poemas en una primera lectura, se remite al reposo y a la decantación de impresiones que le deparará la segunda.

Algo así me ha pasado con la lectura del último libro de poemas de Felipe Benítez Reyes, Las identidades

He dedicado la mañana del sábado a revisar las impresiones de una primera lectura llevada a cabo a lo largo de una semana especialmente agitada, en la que las ocasiones de leer fueron escasas, pero suficientes para ir encajando en ellas las muchas complejidades que encierra este libro. Compensaba leerlo de esa manera, aunque fuera a trancas y barrancas, mientras esperaba el momento de reposo necesario para decantar esas primeras impresiones. Esa decantación, todo hay que decirlo, es un acto de naturaleza mnemotécnica: en realidad, lo que intentamos es afianzar el recuerdo de lo mejor del libro, en detrimento, no ya de lo menos bueno -lo que, en todo caso, es difícil de decidir ante un texto tan depurado y medido- sino de lo que, en la economía falible de la memoria, juzgamos momentáneamente prescindible, por estar presupuesto o contenido en otros pasajes o textos de más sencilla o segura asimilación. De ahí que el resultado de este proceso sea una especie de antología de lo leído: la capacidad de decir, a bote pronto, que los poemas que más honda impresión me han dejado, una vez cerrado el libro y sin necesidad de acudir al índice para recordarlos, son, por ejemplo, "Noche de tormenta", "Hospital", "Los mirlos", "Conjetura del miedo"... Todos ellos, en sus respectivos géneros, piezas modélicas, perfectas, que aúnan la precisión plástica de las imágenes con el rigor del pensamiento -un discurso sostenido en torno a lo evanescente de nuestras certezas, la inestabilidad de la conciencia, la inconsistencia de los artificios metafísicos de los que demandamos justificación y sentido- y con la característica y siempre feliz inventiva verbal e imaginística -esta vez reforzada- del autor.

Pero le hace uno una notable injusticia a un libro como éste si se limita a ese acto de selección. Porque, más allá de estas piezas de, digamos, fácil recuerdo, hay un segundo elemento que, en una relectura, se impone como el mayor acierto del libro, y que trasciende ampliamente la individualidad de los poemas. Me refiero, naturalmente, al tono. Escéptico y, a la vez, moderadamente asombrado de sus propias constataciones, como dando a entender que también en el poema se manifiesta ese desdoblamiento entre vivir y conciencia del vivir que viene a ser el asunto central del libro. "Monólogo", "divagación", son palabras que se repiten o destacan en el mismo, dando una pista de por dónde van los tiros. Una divagación sostenida que comienza con esa especie de repaso a los grandes asuntos -el tiempo, la muerte, la identidad, la trascendencia- que es el meollo de la primera parte, "Los protocolos inversos", se prolonga luego en la espléndida serie de poemas circunstanciados -ciudades, experiencias- que forman la segunda, "Actualidades y símbolos al paso", y termina en la biografía episódica que ocupa la tercera y última, "Entre sombras y bosquejos". Es el tono -no monocorde, pero sí muy coherente en sus distintas modulaciones- el responsable de que leamos toda la secuencia como si de un único poema se tratase; y que, por tanto, cuando llegamos al que se titula "Final", sepamos que ese nombre no se refiere sólo a la circunstancia de que ese poema sea el último, sino a que hemos concluido un recorrido muy calculado. 

Lo que nos lleva, quizá, al tercer momento en la azarosa mezcla de operaciones mentales que implica una lectura: la almoneda verbal, la calderilla de palabras y expresiones espigadas aquí y allá, y a las que podemos acudir -como, quizá, el turista recurre a la colección de souvenirs comprados en la tienda del museo- para afianzar nuestra conciencia de haber estado allí, de haber dado cabida en nuestras mentes a ese esclarecedor discurso ajeno. Ahora nos quedan los restos -imágenes, acuñaciones felices-: el invierno es el "calígrafo del viento"; para la autoría de "la garganta musical de los pájaros" postulamos un dios que es también nuestro asesino; en una noche de tormenta luce "la luna como un párpado"; o no podemos dejar de evocar el olor de un hospital en cuya cafetería gesticulan "los exegetas de la fragilidad ajena"; al mismo tiempo que los mirlos cantan como "fantoches aplicados", etc. Presuponen, éstas y otras acuñaciones, un modo muy característico de contemplar la realidad desde un moderado, pero muy despierto, asombro de vivir; e instruyen al lector para que se aplique el cuento, porque siempre habrá una mañana "haciéndose a sí misma con su harina de niebla" que merezca ser mirada con esa intensidad, con esa predisposición al asombro y al agradecimiento.

Decir, a estas alturas, que éste es un libro optimista puede sorprender incluso a su autor, que posiblemente en ningún otro ha puesto tantas constataciones amargas o expresado tan claramente su desacuerdo con ciertas realidades, incluso políticas y sociales -véanse poemas como "Palacio de invierno, San Petersburgo", "Real Sitio" o "Playa de Rota, octubre de 2003"-. Pero hay un optimismo que deriva del modo de percibir la vida, incluso cuando se pone en cuestión la propia naturaleza de los dos polos, sujeto y objeto, implicados en esa percepción. Un optimismo derivado del secreto humor que dicta los mejores hallazgos de este libro. 

Un humor -un modo de mirar- que es contagioso, por otra parte.

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