martes, mayo 23, 2017

... Y TENDRÁ TUS OJOS



(Para una galería de actrices.) Leo el poema de Antonio Jiménez Millán sobre la actriz Constance Dowling, incluido en su último libro, Clandestinidad (2011), y reproducido también en su reciente antología Ciudades (Rencimiento, 2016). El poema consiste en una sobria pero muy efectiva versificación de los datos que pueden encontrarse en cualquier nota bibliográfica de la actriz: que fue amante de Elia Kazan, que tuvo una discreta carrera como actriz secundaria antes de marchar a Italia, donde alcanzó notoriedad como protagonista de varios filmes y conoció a Cesare Pavese, quien se enamoró de ella, y que volvió luego a los Estados Unidos, donde protagonizó una mediocre película de ciencia ficción, Gog, el monstruo de cinco manos (Gog, 1954) y se casó con el productor dela misma, Ivan Tors, tras lo cual "se retiró del cine, tuvo hijos, / seguramente la olvidaron todos"; por más que ella, quizá, pudiera no haber olvidado que inspiró el verso y título más famoso de Pavese, "vendrá la muerte y tendrá tus ojos", inspirado por el sentimiento de decepción amorosa que fue parte crucial en la depresión que llevó al poeta italiano al suicidio. 

Acabo de ver precisamente Gog. En ella interpreta a una atractiva ayudante de laboratorio de la que se enamora el científico protagonista. Va vestida siempre con un poco atractivo uniforme de una pieza, similar a un mono de trabajo, aunque lo bastante bien cortado como para dejar ver un cuerpo poderoso, plenamente ajustado al ideal de matrona atlética al que aspiraban las mujeres americanas de la era Eisenhower. Al final de la película, el científico en cuestión la visita en el hospital del que se repone del ajetreado trance final, en el que ambos combaten con un robot controlado desde una nave hostil de origen indeterminado: "El doctor dice que no es nada serio -la consuela-, sólo un ligero exceso de radiación". Luego añade -cito de memoria- que eso les permitirá verse mejor en la oscuridad... No es la única cita de este jaez, en un argumento que explota más quizá de lo habitual el hecho de que en remoto laboratorio aislado donde tienen lugar los hechos los hombres y mujeres allí encerrados no tenían otra distracción. De hecho, uno de los científicos allí destinados encuentra satisfacción voyeurística en asistir a los ejercicios acrobáticos de una pareja joven que sirve de conejillos de Indias en una cámara antigravitatoria. 

La actriz, qué duda cabe, no tenía la culpa de que su nombre hubiera alcanzado notoriedad en relación al suicidio de Pavese. Pero la vida se complace en estos improbables cruces, y por eso casi resulta imposible ver la película citada sin acordarse de que su título, Gog, es también el de un libro de otro importante autor italiano, aunque de talante muy distinto al atormentado Pavese: el ultracatólico Giovanni Papini, que aplicó este nombre, tomado de un personaje bíblico, a cierto millonario misántropo de su invención que emplea su tiempo y su fortuna en recorrer el mundo para constatar el absurdo de la modernidad y la mediocridad de sus impulsores. Constance Dowling parecía condenada a figurar, de un modo u otro, en las notas a pie de página de la historia de un arte que no era el suyo, la literatura.

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