lunes, julio 31, 2017

UNA DE LAS NUESTROS

Termino mi lectura veraniega de Mansfield Park de Jane Austen: una lección magistral de cómo construir un argumento, desarrollar personajes y poner en pie un mundo autosuficiente, que es el milagro que uno espera del arte de la ficción literaria. Y un prodigio de ambigüedad y understatement, desde la espinosa cuestión de cuál es la fuente de la riqueza y estatus de la familia protagonista -sir Thomas, el dueño y señor de Mansfield Park, tiene propiedades en Antigua, en el Caribe, a las que tiene que acudir para resolver unas innominadas "dificultades", que posiblemente sean, si atendemos a la cronología de la época, un levantamiento de la mano de obra esclava- hasta la exquisita pudibundez, no exenta de picardía, con la que se alude a las "indiscreciones" cometidas por cierta pareja adúltera o al hecho de que los protagonistas, felizmente casados al final, alcanzan ese punto del matrimonio en el que cierto "acontecimiento" les exige "un aumento de los ingresos" y el traslado inmediato a la casa paterna -lo que debe de querer decir que la protagonista se ha quedado embarazada, quizá mediante el ejercicio, esta vez dentro de las convenciones, del mismo tipo de acciones que en otra parte del libro se denominan "indiscreciones"... 

En realidad, el libro no habla de otra cosa, aunque sea de un modo velado; y cabría compararlo, en ese sentido, con la mucho más explícita, e incluso indecente, Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos; de hecho, hay un gran parecido entre la pareja que forman, en la novela francesa, la maquinadora marquesa de Merteuil y el seductor Valmont y la que componen, en la de Austen, los frívolos, mundanos y alambicados hermanos Mary y Henry Crawford: también este último, como el Valmont de la novela francesa, parece haber tramado con su hermana la seducción progresiva de todas las jovencitas de Mansfield Park, y en especial de Fanny Price, la sobrina pobre de la familia y el eje en torno al cual pivota toda la acción, en la medida en que es la única que desarrolla una verdadera conciencia moral de los hechos que suceden a su alrededor.


Como Valmont, Henry Crawford se enamora finalmente de su presunta víctima; con la diferencia de que ésta no sucumbe a la maquinación, pese a las abrumadoras pruebas que empieza a tener de las aparentemente irreprochables intenciones de su galán. Es posible que, si la autora le hubiera concedido más tiempo, la aparente conversión moral del frívolo Henry Crawford habría finalmente convencido incluso a la precavida Fanny. Pero los acontecimientos se precipitan y finalmente cada uno revela su verdadero carácter; lo que tiene como consecuencia, curiosamente, una especie de rehumanización de la gélida atmósfera protocolaria y formalista en la que se desenvuelve la vida de Mansfield Park. 

Algún crítico ha comparado lo allí sucedido con la revuelta de esclavos que seguramente sir Thomas se ha visto en la obligación de sofocar en sus fincas caribeñas: mientras estaba ausente, también en su familia ha habido una especie de rebelión general; y el parecer de la autora respecto a esta última no deja lugar a dudas: autoridad y paternalismo han de ir de la mano si se pretende que el orden natural se conserve... 

¿Es eso lo que quiere decir esta intrincada novela? No del todo. Hay en ella también una defensa clara de la individualidad, de la atención debida al propio juicio moral; y, también, una evidente capacidad de comprensión, por parte de la autora, de las circunstancias de cada cual, tanto materiales -y se entiende por ello la admiración que suscitaba en Carlos Marx- como morales. Y es curioso que este inmenso logro -nada menos que atisbar, desde los albores mismos de la novela moderna, la amplia gama de posibilidades que había de alcanzar el género- correspondiera a una mujer que, por serlo, tuvo dificultades para que se reconociera incluso su derecho a ejercer como escritora profesional, y que vivió toda su vida en los márgenes del mundo social que con tanto acierto retrató, y en el que cabe atisbar muchos de los dilemas -respecto a la educación, a los límites de la libertad individual, a la importancia del factor económico en todos los órdenes de la existencia, etcétera- que todavía preocupan a nuestras modernas sociedades. En términos conradianos: Austen era "una de las nuestros". (27/7/17)

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